Revista Intemperie

La inmundicia y la furia

Por: José Ignacio Silva A.

Aunque las referencias pop y el estilo telegráfico en la redacción molestan un poco, Canciones punk para señoritas autodestructivas es un buen intento por mostrar la miseria, aquella que según José Ignacio Silva, nunca falta en Chile.

 

Una primera mirada a Canciones punk para señoritas autodestructivas, libro de cuentos del profesor de castellano y editor de medios Daniel Hidalgo (Valparaíso, 1983), permite percibir una propuesta literaria que no da concesiones, con una fuerza basada en la falta absoluta de pudor y en la decisión de poner por escrito los flagelos que asfixian esta sociedad chilena (focalizada en Valparaíso en este caso), como la drogadicción, la violencia gratuita y la pobreza, entre otras obscenidades varias que pintan el diario vivir en la copia feliz del Edén.

Hidalgo abraza esa estética del espanto y la transforma en el eje de cuentos como “Barrio Miseria 221” (título de una novela del propio Hidalgo, publicada el 2007), sin importar el asco o la náusea del lector, todo en clave punk porteño, haciéndose cargo de una realidad tapada por fea, oculta por repugnante. Hidalgo hace manifiesto ese mundo escondido, dando a su relato una dimensión, digamos, política al visibilizar la desdicha sistémica de una ciudad como Valparaíso, aun sirviéndose de obras existentes, pues en “Barrio Miseria 221” es imposible no reconocer el tributo del autor al libro Ciudad de Dios, o a la película Ciudad de Dios. Tanto el esquema como los personajes son muy parecidos, basta cambiar la samba por rock decadente, o la cachaza por ron o vino en caja. La violencia del gueto es la misma, el poder basado en el tráfico de droga, las ganas de abandonar ese infierno también.

Volviendo a la obra de Hidalgo, este libro contiene siete cuentos que muestran cierta pachorra, cierto desparpajo adolescente. Sin embargo, el recorrido también da cuenta de algunas trabas, siendo la más notoria de ellas, el estilo. Con cierto desconsuelo se puede decir que Hidalgo no puede dejar atrás la molesta manía de usar en exceso el punto seguido, vicio que casi es una tarjeta de presentación del escritor novel de estos lados del mundo (¿por qué los jóvenes escritores desprecian las comas y las frases más largas?), junto con las frases cortas a renglones seguidos. Por lo tanto, el ritmo en varios pasajes del libro se reduce al del telegrama o al de la gotera. Al mismo tiempo que el autor va destapando los cartones del basural material y espiritual que es el Valparaíso de estas Canciones punk, nos va ilustrando con efectismo y cierta prédica adolescente (esto es, arbitraria) el sentir de los personajes.

El mejor cuento del volumen es “Ella era una chica indie”. Acá Hidalgo muestra más soltura, al tiempo que va deslizando dotes de crítica al esnobismo de cierta juventud semiculta de su tiempo. Aunque también hay un discurso morigerado por la ingenuidad adolescente y sentimental del narrador, con juicios de un carácter quinceañero, frustrado, vehemente pero a la vez meloso, “el sexo es el mejor de los lenguajes porque no requiere de ningún análisis semiótico, solo entrar y salir, dar y recibir”.

Con todo, Hidalgo no se la deja fácil al lector, la lectura de estos cuentos es lenta, amarga, nada liviana. Por cierto que es una opción del autor, quien elige cargar las tintas en el malestar social, anclado sin solución en la grasa de las capitales como Valparaíso. Este escritor porteño no deja de utilizar el recurso manido de la referencia pop y el namedropping musical, pero esta táctica pareciera no tener mucha razón de ser al interior del libro, puesto que ese floreo pierde piso ante el eje urgente que plantea la miseria humana y urbana, que se toma la escena y se transforma en el nervio del volumen.

Canciones punk para señoritas autodestructivas es un primer intento que no debe ser desechado. Está lejos de la perfección, pero está instalado en ese interregno que puede ser superado por un autor que demuestra condiciones, sí y sólo sí es capaz de superar los vicios y las muletillas que se encuentran en este libro. Temáticamente las opciones de Hidalgo están claras, y por eso hay ahí un camino que vale la pena transitar, solamente basta que el oficio del autor se vaya puliendo y superando las cortapisas –sobre todo estilísticas- que hacen ruido, como por ejemplo ciertas metáforas siúticas (“entro en ella como los gygas (sic) en su iPod. Le pongo el pendrive y libero toda mi información en el puerto USB de sus más bellas emociones”), o una redacción más meticulosa.

Los árboles punk no dejan ver el bosque miserable que es el Valparaíso que Hidalgo quiere mostrar. Por lo tanto, para el futuro, bien vendría que Daniel Hidalgo baje el volumen y deje hablar a la infelicidad que en Chile nunca falta.

 

Canciones punk para señoritas autodestructivas

Daniel Hidalgo
Santiago, Das Kapital Ediciones, 2011

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