Revista Intemperie

El último escritor (fortiano): a raíz de Death Metal

Por: Francisco Díaz Klaassen

Francisco Díaz Klaassen se despacha una ácida panorámica de la literatura chilena actual, a propósito del último libro de cuentos de Álvaro Bisama, Death Metal, que alaba sin demasiados remilgos.

 

0. Álvaro Bisama es un escritor realista.

Pero ya volveremos a eso.

1. Hace mucho tiempo ya que una idea algo fanfarrona y amarillista ronda mis pensamientos. Esta idea, que, insisto, es sensacionalista y seguramente anuncia y promete mucho más de lo que luego entrega, es la siguiente: Ya no hay escritores en Chile. Sólo gente que escribe. (Que no es lo mismo que decir que hay gente que quiere ser escritor antes que escribir; de ésos sí hay —¿habemos?— hartos.) Gente que escribe, además, libros sin alma, reproducciones de otras reproducciones, intentos desesperados por pertenecer a un circo provinciano, endogámico, muchas veces didáctico, un canon anacrónico, marginal o no, autorreferente o no, cegado —esto casi siempre sí— por Bolaño, cegado por Eltit, cegado por Fuguet, cegado —esto ya casi no, casi nunca— por Donoso, por las críticas del LUN, por lo indie, por lo pop, por los gringos, por los españoles, por los Clásicos (así, con mayúsculas) o las series de televisión del cable (así, con minúsculas, de momento). Cegado, en definitiva, por discursos ajenos que quien escribe busca apropiarse, como si quisiera engrasar las articulaciones de la maquinaria nacional literaria (o cultural, si lo prefieren) con un aceite refinado, antiséptico, antes que con la propia sangre. El resultado de ello, según mi humilde opinión, es muchas veces una literatura artificial, aburrida, plana, poco jugada y —lo que es peor— poco personal, endosable a cualquier otro nombre, que queda igual de bien (o de mal) con cualquier otro apellido.

Eso pensaba. Con excepciones, claro, pero ni tantas ni tan sólidas.

Hasta que llegué, casi por casualidad, a un libro de Bisama. Y luego a otro. Y luego a otro. Y creí ver en todos ellos el atisbo de una idea, una coherencia no ya de estilo y formato solamente, sino que también argumental: creí ver una poética que los hermanaba y dejaba en ridículo (o al menos hacía tambalear) mi tesis apocalíptica sobre la figura del escritor.

Entonces pensé: Bisama es —tal vez— el último escritor (chileno).

2. Repito: Bisama es un escritor realista. Descubrí esto leyendo sus libros de crónicas. Digo que lo descubrí porque antes no lo sabía. Yo había seguido de cerca su producción con cierta fascinación, siempre sujeta a análisis narrativos de sus obras: leí Caja negra como una novela de construcción perfecta, en la que cada voz grita (o susurra) una historia sin fin ni principio; Música marciana como una serie de postales del fin del mundo (postales sin destinatario que intentan asir lo inefable y describírselo al vacío); Estrellas muertas como una novela tradicional sobre el despertar de un sueño que más bien parece una pesadilla. Y así fue también que leí Death Metal, libro que sin embargo me produjo algo que los otros libros no me habían producido; me hizo cierto ruido. Y ese ruido me dejó intranquilo. Leí Death Metal y quedé con la sensación de que era una suerte de compendio de todo lo que antes había escrito Bisama, una suerte de ejercicio sobre ejercicios anteriores.

3. Paréntesis: Hay quien dice que el mejor libro de Bisama es Postales urbanas. He escuchado a otros varios decir que es Caja negra. Ahora último han aparecido voces de cierto peso que aseguran que antes de Estrellas muertas no escribió nada que valga la pena. Lo único que puede sacarse en limpio de todo esto es que debe haber un buen Bisama dando vueltas por ahí. (O, tal vez —y ésta es la parte truculenta— varios.) Pero están todos equivocados: lo mejor que ha escrito Bisama es Death Metal.

4. Los primeros dos libros de Bisama son de crónicas, como ya dije: Zona cero y Postales urbanas. Después de eso escribió Caja negra. Y hay en esa novela un momento que parece venir a explicar ese paso de la crónica a la ficción. Cuenta el narrador, a raíz de las cintas de los hermanos Mori: “Comprendieron casi de inmediato su error. Habían escrito sobre la realidad y la realidad no la comprenderían nunca”. ¿Se entiende? Bisama como un cronista fallido, derrotado ante la imposibilidad de una empresa imposible; un cronista que se refugia en la ficción, pero para seguir hablando de la realidad, para intentar comprenderla desde allí.

5. Habla Álvaro Bisama, en uno de sus primeros escritos, de Charles Fort, un sujeto que desafió las leyes convencionales, físicas y evolutivas, denunciando que la realidad era “otra”. Dicho de otra manera, Fort fue el primer teórico de las conspiraciones, y el hacer fortiano vendría siendo una especie de puesta en práctica de esos postulados, una suerte de abandono —de fe— a una realidad menos preconcebida, menos autoritaria, más “rara”. Bisama como el último escritor fortiano, buscando atrincherarse detrás del velo de lo convencional, del lugar común, de los personajes y las ciudades edulcoradas, aptas para todo público.

6. Dice Bisama —también en las crónicas, y perdonen lo majadero— que el realismo mágico es un gran bluff. Porque la realidad supera a la ficción (como cuando uno se encuentra a Robocop a la salida de uno de los ascensores de Valparaíso). Porque la ficción termina siendo una mala imitación. Porque “nunca puedes desconectarte del todo. No se puede escapar del horror: está en la tele pero también en la esquina”. ¿Bisama como el último escritor platónico?

7. Pero yo iba a hablar de Death Metal, se supone. Hablemos de Death Metal. Death Metal es un libro de cuentos. Y, a ratos, de cuentos dentro de cuentos. Y todos esos cuentos forman un solo gran cuento, sobre la soledad y la desolación, sobre individuos que habitan espacios que no pueden compartir —ni entender— otros individuos; el tiempo les pasa por encima, dejándolos marchitos a la vez que impasibles (son pocas las veces que intentan rebelarse; sólo se me ocurre una en este momento: la mujer que se inyecta la sangre de un mono esperando una revelación que nunca llega). Por lo tanto, se aferran a lo que tienen a mano, a lo inmediato, con vacíos que no pueden ser nunca llenados porque nacieron con ellos y, aunque pudieran llenarlos, no sabrían con qué hacerlo. No buscan nada por eso mismo; se conforman con lo que se encuentran en el camino: saben que esa búsqueda fracasó antes de que comenzara, que sus carencias son carencias innatas, que llevan en el ADN; saben que nacieron en un mundo implacable y que morirán en él. Y que todo seguirá igual que antes. Igual de real.

Death Metal, tal vez el libro más deprimente de Bisama, puede leerse como la cara amarga de Caja negra, si se quiere. Como si las carcajadas que esta novela despierta se hubieran acallado con el paso del tiempo, o, siguiendo esa visión intimista de la realidad, Bisama creyera que ya no hay espacio para la risa.

8. Hace unos días un amigo me comentó algo en lo que no había reparado pero que me pareció muy cierto. Me dijo que la crítica ha perdido la capacidad de rendirse ante algo. Que aun cuando lo criticado sea altamente recomendado, el crítico se ve en la obligación de ponerle un pero, aunque sea minúsculo (la puntuación, las actuaciones, la falta o el exceso de sal en el pan). De no hacerlo, seguramente sentiría que está bajándose los pantalones o hincándose en el suelo, jugándose su reputación (la seriedad de su reputación, digamos). Y así nos va. Yo sólo puedo decir que me parece impresionante —poco creíble, de hecho— que alguien tenga una obra así, aquí, ahora. No se me ocurre qué es lo que pueda venir después por parte de Bisama, pero ya lo estoy esperando. También deberían ustedes.

 

Death metal

Álvaro Bisama
Lima, Estruendomudo, 2011

2 Comentarios

  1. Pato Mena dice:

    no supe qué comentar, así es que puse un Me Gusta, porque lo amerita.

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