Revista Intemperie

La fe ciega que lleva a la destrucción

Por: Joaquín Castillo Vial

La última novela de Baricco aborda el derrumbe de sentido en una juventud marcada por un catolicismo demasiado férreo, dice Joaquín Castillo.

 

Hay historias que inevitablemente nos remecen, y Baricco es de esos autores que saben contarlas. Ya en City había explorado el tema de la infancia, donde, por medio de un personaje bastante particular, retrataba esta etapa diferenciada del mundo de los adultos. En esa novela daba cuenta de cómo se relacionaba con su entorno un niño sorprendentemente inteligente, y al mismo tiempo algo obsesivo y esquizofrénico. Su última entrega, Emaús –trabajo que fue declarado como algo autobiográfico por el autor– supera la etapa de la niñez, mostrándonos una juventud tormentosa: aquí ya no hay enfermedades mentales, pero éstas son reemplazadas por una conciencia plena, que traumatiza aún más. Las dificultades propias de la etapa ya no son atenuadas por una incapacidad psicológica, sino que las heridas calan hondo, con lo que se vuelven aún más difíciles de superar.

El lector conoce la historia de cuatro amigos cuyas vidas estuvieron estrecha e íntimamente unidas durante varios años, pero cuyos rumbos siguen derroteros diversos luego de que se cruzan con Andre, una muchacha que gatilla la fatalidad sobre sus vidas. La manera particularísima que tienen de relacionarse con el catolicismo los lleva a observar el mundo desde un prisma eminentemente restrictivo, en el que un estricto control de la conciencia se enfrenta de modo permanente con la búsqueda de una liberación de las ataduras. El narrador en primera persona, cuyo nombre no conocemos, nos enseña cómo en este mundo existe una predisposición hacia la tragedia, lo que queda claro desde la presentación cinematográfica que se hace de la historia. Él se encuentra fortuitamente con el padre de Andre justo antes de que este último sea arrollado por un camión. Y después de eso, un epígrafe: “Igual que el amor inmenso / fue inmenso el padecer”. Enunciando desde el comienzo un final doloroso, relaciona el amor con el dolor, a pesar de que en este mundo no se conoce el significado verdadero de ninguno de los términos.

El camino recorrido por los cuatro protagonistas lo podemos interpretar en relación con la revelación bíblica de Emaús, donde Cristo, recientemente resucitado, camina con dos discípulos suyos que no lo reconocen. La alusión a ese pasaje da cuenta de la importancia que tiene en la historia la operación de develar del sentido, que podría hacer crecer, mejorar y madurar, pero que aquí está relacionado con una continua destrucción de las certezas sobre las cuales edificaban sus vidas. “Estamos llenos de palabras cuyo verdadero significado no nos han enseñado, y una de ellas es la palabra dolor. Otra es la palabra muerte.” Y otra podría ser otra la palabra amor. Mientras ellos no son conscientes de lo que hablan, lo que miran y lo que viven, Andre interactúa con ellos y vive aquellas palabras de otra manera, más intensamente; va un paso allá de los límites que posee el mundo de donde los otros vienen: “Ella era el secreto –eso hace mucho tiempo que lo habíamos comprendido, y ahora el secreto estaba allí, y sólo nos faltaba dar un paso”.

La maduración, siempre con Andre como telón de fondo, va unida a un descubrimiento del mundo, pero no a modo de una novela de formación, sino más bien de distorsión, donde la revelación hace que los destinos se extravíen. Cuando los significados se conocen ya no es posible seguir con el antiguo sistema estable que todo lo silencia. “Así Luca ha sido el primero en romper los límites. (…) Por primera vez uno de nosotros se ha visto empujado más allá de los confines heredados, con la sospecha de que en realidad no existen confines, ni una casa madre, nuestra, inabordable. Con pasos tímidos, ha echado a caminar por una tierra de nadie donde las palabras dolor y muerte tienen un significado preciso –dictadas por Andre, y escritas en nuestra lengua con la caligrafía de nuestros padres”.

Esta primera desestructuración del mundo se lleva al extremo en una escena que determina el derrumbe de todo ese orden: Bobby, quien solía tocar música en la iglesia junto con sus amigos, realiza un espectáculo donde toca su bajo mientras Andre baila.

A continuación de ese espectáculo profano los amigos asisten a una fiesta llena de drogas y alcohol, y allí el Santo, quizá el más fanático de los cuatro del grupo, a la vez el más contradictorio, se convierte en el único observador de una escena sexual que involucra a Luca, el narrador y la muchacha, episodio que termina por separar y destruir las vidas de sus amigos”. Después de  aquellos hechos, estos jóvenes llegan al extremo de la culpa y del sinsentido, lo que termina por condenar a Luca.

El narrador de Emaús invita al lector a una búsqueda del momento en que entró la tragedia a sus vidas, esa tragedia de la que hasta entonces parecían estar exentos: “heredamos la incapacidad para la tragedia (…) porque en nuestras casas no se acepta la realidad del mal, y esto pospone hasta el infinito cualquier forma de desarrollo trágico”. En el momento en que aceptan el sentido total de las cosas, cuando se dan cuenta que el mundo es más amplio de lo que les han enseñado, la tragedia no solo entra a sus vidas, sino que se preocupa de destruir todas sus certezas.

Esta última novela de Baricco no posee la fuerza poética de sus mejores historias, ya que deja de lado las libertades formales y la innovación de recursos presentes por ejemplo en Seda, o la brillante construcción de personajes de Tierras de cristal. Con una escritura menos arriesgada, intenta golpear al lector por medio del estremecimiento causado por el derrumbe de sentido. Sin embargo, la profunda decepción del narrador ante sí mismo parece ser el elemento que genera una inmensa brecha entre la lectura y la empatía, imposibilitando la identificación y el goce que produce una obra maestra.

 

Emáus

Alessandro Baricco
Editorial Anagrama

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.