Revista Intemperie

Once maneras de amar a Yates

Por: Macarena Figueroa

Más que la tristeza endémica de los relatos de Yates, Macarena Figueroa alaba su sutileza y sensibilidad para abordarla de un modo personal.

 

Publicados en Estados Unidos en 1962 y para el castellano en dos ediciones (Emecé, 2003 Once tipos de soledad; RBA, 2010 Once maneras de sentirse solo) este libro confirma que los grandes temas no existen y que el esplendor de las cosas reside, precisamente, en lo minúsculo; en la sutileza de una verdad que se impone y trasciende.

Desde el título hasta el último relato, Once maneras de sentirse solo inquita a través de la impotencia. Las historias desgarran, pero se mantienen en una especie de statu quo que impide que los personajes estallen o se enfrenten a una calamidad objetiva que les sirva de pretexto para romper en llanto y asumirse como víctimas. La catarsis nunca llega. Los conflictos son tácitos y punzantes. El dolor se mantiene en la intimidad de cada uno, y el postulado: «problema que no se verbaliza, no existe» parece ser un claro reflejo de la realidad.

Hay en cada historia mucho silencio, diálogos omitidos, miradas que pretenden explicarse solas, seres viviendo un naufragio, entre ellos: un niño huérfano y marginado que no logra adaptarse en un colegio de ricos, que fantasea con los padres que no tiene y que no sabe cómo canalizar su rabia; un joven obeso que vive a la sombra de un amigo exitoso y que—incluso viajando por los lugares más espléndidos del mundo— no logra sentirse feliz; una profesora anticuada que parece estar condenada a morir en una sala de clases, asfixiada por el polvo que expele la tiza; un marido (muy parecido al marido de la camarera en el cuento «No son tu marido», de Raymond Carver) que cultiva un odio hacia su mujer, gestado por sus propias frustraciones; un aspirante a escritor que se toma su oficio demasiado en serio y se erige como un pequeño dios ingenuo y patético en un entorno en exceso racional…

El germen de la escritura realista (del llamado «realismo sucio», más bien) que posteriormente explotaron los escritores de los años 70 – 80, se observa en su estado más puro. La apología del perdedor, el protagonismo de la clase media, el abandono de los adornos del lenguaje y de las anécdotas mismas, son rasgos característicos en la escritura de Yates. No obstante, su literatura está lejos de perderse en una categorización rígida. Hay temas que atraviesan su obra y que son, por lo demás, autobiográficos. Entre ellos, la obsesión por los enfermos de tuberculosis y el «retorno a la vida» de los combatientes de la Segunda Guerra. Su particular visión de la enfermedad se aborda expresamente en dos relatos: «¿Dolor?, ninguno» y «Al hoyo», los cuales transcurren en el bloque de tuberculosos de un hospital. El sentimiento de abandono se expresa —al igual que en los demás cuentos— de forma seudo encubierta. Los enfermos no están a punto de morir y, por ende, no son objeto de real importancia. Deben soportar el tedioso paso del tiempo desde ese lugar estancado, donde los días se suceden con una neutralidad mortificante de «hora de almuerzo, hora de recreación, hora de visita», y donde están obligados a presenciar burdos espectáculos navideños, como si eso los pudiera redimir.

De modos diferentes, cada uno de los cuentos exalta el sentimiento de tristeza (en ocasiones cercana a la ternura o la alegría, y, en otras, a lo descarnado). Pero siempre —como ya he señalado— es una tristeza oculta y, acaso por eso mismo, más pura; esa que se esconde detrás de gestos, guiños casi imperceptibles, formas de caminar o de abordar un bus, modos de reír, de decir adiós. Abatimiento constante, al igual que la soledad, cuya ironía consiste en que el sujeto que se siente solo, por lo general, no lo está en términos concretos; lo mismo que estos personajes, que deambulan por paisajes atiborrados de gente. Hay tumultos equivocados rodeando a la persona equivocada y el pensamiento que prevalece es el de que —en palabras de Lihn— «hay sólo dos países» … en este caso, el de los solos y el de quienes no lo están.

 

Once maneras de sentirse solo

Richard Yates
RBA

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