Revista Intemperie

Felicidad a la altura del mundo de hoy

Por: Nicolás Poblete
Demasiada felicidad

 

Cuando la protagonista del cuento “Ficción” compra un libro y se dispone a leerlo, se da cuenta de que se trata de un libro de cuentos y no de una novela. La voz narrativa nos revela: “Esto es en sí mismo una decepción. Parece aminorar la autoridad del libro, mostrando al autor como alguien que está solamente colgando en las rejas de la Literatura, y no instalado y a salvo en su centro”. Este guiño revela lo que muchos piensan es un género curioso. Si a veces escuchamos la pregunta ¿quién lee poesía hoy?, creo que no sería muy distinto a preguntarse ¿quiénes leen relatos hoy? La respuesta clara, precisa, tajante,  la puede proveer (casi) cualquier editor en nuestro país (y en muchos otros), pues “el cuento no es un género comercial”, o “el narrador se posiciona en el mercado con una novela”, o “no cualquiera tiene la paciencia de leer una colección de cuentos”. A pesar de que Latinoamérica goza de una rica tradición narrativa que ha utilizado el cuento como formato predilecto, cada vez son menos los editores que se arriesgan a publicar una colección de cuentos.

Afortunadamente aún tenemos acceso a una larga lista de narradores que persisten en este género: Ian McEwan, Nadine Gordimer, Joyce Carol Oates, Julian Barnes y Cynthia Ozick. Pero de los escritores que han hecho del cuento su campo absoluto de trabajo, hay dos contemporáneos que resuenan con estruendo: William Trevor y Alice Munro. A pesar de haber escrito novelas, Trevor asegura que su estrategia narrativa es la de ensamblar los cuentos y transformarlos en una narración más extensa. Munro, quien el 2009 se adjudicó el premio ManBooker, sólo ha escrito una novela, y su última entrega, Demasiada Felicidad, es su decimotercera  colección de relatos. En ella (como en su anterior The View From Castle Rock), vuelve a desplegar su talento para transformar lo mundano y anecdótico en arte, con rasgos de tragicomedias domésticas que abren puertas hacia otros escenarios, generalmente abismantes. El contexto preferido de Munro es el de pequeños pueblos, semi rurales del suroeste de Ontario. Esta región canadiense donde se asentaron escoceses presbiterianos, congregacionistas y metodistas originarios del norte de Inglaterra,  conserva un aura de frugalidad y rigidez moral, de piedad cristiana con una cuota de severidad.

Demasiada Felicidad es un título evidentemente irónico, y sin embargo genuino en las iluminaciones que sus personajes viven. No se trata de visiones celestiales o de moralejas asimiladas en un par de acciones. De hecho, las revelaciones nunca se plantean como tales; los personajes, por más desesperadas que sean sus situaciones, jamás se proyectan hacia la trascendencia. Más bien, podemos ver detalles de amor mundano, incluso caridad. Se ha dicho que Alice Munro es descendiente del realismo lírico de Chejov. No hay experimentación en Munro; su lenguaje es directo, aparentemente sin adornos, pero con enorme sutileza, una poética elíptica comienza a surgir en lo que parece natural, incluso superficial. Semejante a Flannery O’Connor, Munro rastrea a sus personajes en una busca de perdón, acaso penitencia.

Así, en “Dimensiones” por ejemplo, el primer cuento del volumen, vemos a una mujer que se ha casado con un enfermo mental, abusivo y psicótico. Después de que él mata a sus tres hijos, la protagonista lo visita en el centro de rehabilitación, donde  explica, a través de una carta, que sus hijos están en otra dimensión. Este testimonio tranquiliza a la mujer y le hace pensar que su marido le ha dado algo concreto que ningún psicólogo podrá darle. El cuento termina con un accidente callejero donde la protagonista salva la vida de un hombre, dándole respiración artificial. En “Hoyos profundos”, vemos a otra mujer que debe enfrentar el alejamiento implacable de un hijo, que se ha transformado en una suerte de gurú para desposeídos. En un intercambio álgido, él confiesa: “No estoy diciendo que te amo… No uso lenguaje estúpido… Usualmente no trato de llegar a ninguna parte hablando con la gente. Usualmente trato de evitar relaciones personales. O sea, lo hago. Las evito”. En “Free Radicals” una mujer viuda y enferma de cáncer, debe enfrentar en su propia casa a un asesino que después de matar a su familia, ha salido a la calle. En un diálogo enloquecido, el hombre muestra fotografías del asesinato que acaba de cometer, y esto hace a la protagonista pensar por primera vez en cómo ella le robó el marido a una mujer, y en que verdaderamente no ha vivido su luto. Piensa: “Entonces, por primera vez desde que él entró en su casa, ella pensó en su cáncer. Pensó en cómo la liberaba, la ponía fuera de peligro”. En “Juego de niños” también hay muertes y un secreto guardado durante décadas. Aquí vemos con más nitidez lo que se ha denominado el gótico sureño, con sus representantes más nombrados (Faulkner, McCullers, O’Connor), y la consecuente designación del freak. La historia se desarrolla en varios planos, retrocediendo hacia la infancia de las dos protagonistas, y luego proyectándose en el futuro, donde una de ellas está muriendo y necesita la ayuda de esta amiga (a la que no volvió a ver desde la infancia) para expiar sus culpas. La culpa es de ambas, pues en un campamento de verano, la niña freak que ronda en este relato, es ahogada por estas mujeres. La narración dice: “Charlene y yo nos miramos entre nosotras, en vez de mirar hacia abajo, hacia lo que nuestras manos estaban haciendo… No creo que nos sintiéramos malvadas, triunfantes en nuestra maldad. Más bien como si estuviéramos haciendo lo que –increíblemente− era exigido por nosotras, como si éste fuera el punto álgido y absoluto, la culminación, en nuestras vidas, de ser nosotras mismas”.

La última narración, que da título al volumen, es el único ejercicio narrativo que se desplaza de los territorios canadienses, y tiene las características de una nouvelle. Se trata de un estudio ficcionalizado de la genio matemática Sophia Kovalevsky, una muestra fascinante de inspiración artística a partir de la matemática rusa que, a finales del siglo XIX, se embarcó en un largo viaje –profesional y vital–, para encontrar alguna universidad que contratara a una mujer en sus aulas. Las últimas páginas de esta nouvelle registran el fatal viaje de Sophia, ya enferma con pulmonía, en un tren hacia el único país en Europa (¿o en el mundo?), que la contratará como profesora universitaria.

Editorial Lumen está haciendo un trabajo importante al traducir las colecciones de esta crucial escritora canadiense. Ojalá se sigan sumando proyectos de este tenor y que la lista, en vez de menguar, como vemos en nuestro circuito local, se alargue.

 

Demasiada felicidad

Alice Munro
Lumen

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