Revista Intemperie

Terremoto, tecnología y apocalipsis

Por: Paula Peña Rozas

A partir del 8,8 vivido en Santiago, el cronista mexicano Juan Villoro construye un texto, entre el ensayo y la crónica, que concluye en contra de la tecnología: algo desinflado, opina Paula Peña.

 

Juan Villoro dice que va a escribir sobre el terremoto cuando le dejen de temblar las manos. La afirmación es parte del libro 8,8: el miedo en el espejo, una crónica sobre su experiencia del 27 de febrero que lo pilló durmiendo en una habitación del Hotel San Francisco en Santiago de Chile, donde se encontraba, junto a varios invitados extranjeros, de visita al Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil. La frase es también la evidencia de una pluma creativa, con un punto de vista original, elementos que se mantienen a lo largo de esta crónica y que, en parte, nos explican por qué se considera a Villoro uno de los cronistas más destacados de habla hispana.

Mediante una estructura fragmentada (Villoro ya ha señalado que esta será una narración en fragmentos), el libro parte narrando distintos episodios vividos por el autor durante el terremoto: la sensación del movimiento en medio de la oscuridad de su habitación, la reflexión acerca de la posibilidad de encontrar todo destruido frente a su ventana, (cosa que al no suceder permite al autor concluir que la arquitectura chilena es “una forma del milagro”, elogio capaz de engolosinar a cualquiera que se crea eso del “Chilean way”), la larga espera en el hotel, las premoniciones de algunos que vieron una señal en la luna o leyeron otros signos que presagiaban lo que vendría. También narra situaciones evidentemente aisladas pero que, en realidad, construyen la misma idea: qué sentimos con un gran terremoto. En esta categoría se incluye un extraño capítulo carente de puntuación llamado “ella duerme” que cuenta la historia de una mujer que, sin saberlo, deja todo en su país para ir a morir lejos. También cabe aquí el capítulo “La abolición del azar” que reflexiona acerca de El terremoto en Chile una fábula moral escrita por Heinrich von Kleist, el escritor alemán del siglo XVIII.

Y es aquí, que el libro comienza a perder ritmo y potencia, entrampándose en reflexiones filosóficas y morales del tipo ¿merecemos vivir quienes sobrevivimos a un gran cataclismo? o ¿la muerte en un terremoto es un castigo divino del que debemos agradecer habernos salvado? Son preguntas quizás ineludibles en una situación como la que ocupa a esta crónica (al ver todo devastado, la lógica nos incita pensar en lo inmaterial, llámese a esto fe, filosofía, religión, o como sea), pero sí editables en función de una narración que, hasta este punto, mantenía al lector atento. Podrá pensarse que este divagar (porque ya en este punto la crónica que estaba redondamente construida, comienza a volverse algo pantanosa) es parte de las licencias que otorga la escritura en fragmentos, que todo lo acepta, que toma pedazos de donde sea y los pone juntos, aunque a veces no peguen ni junten. Para los que no somos tan modernos (en lo que estructuras narrativas se refiere), el libro comienza a convertirse en este punto en una ciénaga de la que se empieza a desear salir pronto.

Finalmente, y a continuación de las reflexiones morales, Villoro concluye que en la actualidad los desastres naturales son diferentes debido a que la tecnología, que todo lo une (a esto le llama acertadamente “Claustrópolis”), produce que los colapsos locales se vuelvan globales. Cuando ocurre un terremoto, un maremoto o una erupción volcánica fallan las líneas telefónicas, los sistemas de venta de vuelos se caen, los celulares pierden su señal, etc. Estas situaciones son imparables y además inconmensurables: no podemos saber cuántas cosas más fallarán y entonces el desastre se globaliza.

Con esta reflexión, Villoro tiende a manifestar que la tecnología es de alguna manera culpable de la faceta apocalíptica de los desastres naturales, y entonces, muestra su preferencia por la desaparición de la tecnología y la vuelta a un mundo más “artesanal” o simplemente menos “interconectado”.

En este punto, la crónica ha tomado la forma del ensayo, pero lamentablemente la reflexión planteada no tiene la profundidad que se quisiera por lo que no resulta del todo convincente. Queda la sensación de que faltan algunos argumentos para que lo planteado no parezca un simple alegato, una repetición de ese cliché que dice que “todo tiempo pasado fue mejor”.

En síntesis: este es un libro que empieza bien y termina más o menos, aunque hay que reconocer que tiene buena pluma.

 

8,8: el miedo en el espejo

Juan Villoro
Santiago, Ediciones UDP, 2010

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