Revista Intemperie

¿Cuándo se jodió McEwan?

Por: Francisco Díaz Klaassen
Ian McEwan

Solar, la nueva novela del cuasi canonizado escritor británico ya está publicada en español, pero Francisco Díaz sospecha que no es sino un eslabón más en una tendencia algo oportunista del autor a abordar temas de moda

 

Solar es el nombre de la nueva novela de Ian McEwan, que publicará en español Anagrama a principios del año 2011. Si les gustan los libros de este inglés sesentón, si disfrutaron los golpes de efecto de Primer amor, últimos ritos; Ámsterdam o El jardín de cemento, háganse un favor y convénzanse de que Ian Macabre ya no existe. Piensen que murió o que se retiró, que fue a recluirse a una provincia perdida de Europa para trabajar en novelas monumentales de las que tal vez llegaremos a saber algún día. Sí, mejor piensen eso. Y denle la espalda a los próximos títulos que lleven su nombre en la solapa. Por ningún motivo los compren o los pidan prestado para leerlos. Piensen que son obras de impostores, que parodian algo que alguna vez tuvo cierto valor. Y no vuelvan a pensar en ellos.

Como en la mayoría de los libros de McEwan, la construcción de Solar es perfecta. Si bien no demuestra el artificio de Expiación o de Sábado (al que a más de uno le molesta que siga la estructura de Mrs. Dalloway; a mí me parece que, aunque McEwan no lo ha reconocido nunca, es en cierto sentido un homenaje), cumple su cometido con eficacia. Dividida en tres partes (una, que transcurre en el año 2000; otra, en el 2005; y, finalmente, en el 2009), el libro nos muestra la franca decadencia intelectual, física y, por qué no decirlo, espiritual de Michael Beard, físico cínico y cincuentón que ganó el premio Nobel a mediados de los 70, y que se ha dedicado sistemáticamente a vivir de los beneficios que ello le ha reportado. Lo invitan a dar conferencias, tiene una posición importante en un centro que busca detener el calentamiento global (aunque pronto queda claro que para Beard es tan sólo una manera más de mantener su estatus, y que poco le preocupa ese trabajo), y se permite disfrutar de los muchos placeres que va encontrándose a su camino.

Este hedonismo ha traído consigo cinco matrimonios, y le ha hecho empezar a vislumbrar un quinto divorcio: su mujer, Patrice, le descubre una infidelidad y, a modo de venganza, decide pagarle con la misma moneda. Entonces viene el gancho con el que, curiosamente, están vendiendo la novela los publicistas: ahora que su esposa le es infiel y no le habla, Beard se siente más atraído a ella que nunca. (Digo que es curioso porque este asunto apenas si cubre un tercio del libro.) Esto se supone que ha de despertar risas en quien lee (“Ja ja: cuando él no las quería, ellas se desvivían por él; ahora que él la quiere a ella, ella se muestra indiferente. Mira tú lo que son las cosas”) pero la verdad es que está tan anunciado, resulta tan mecánica la aparición de cada uno de estos eventos (cuando simula tener una visita femenina para provocarle celos a Patrice, por ejemplo, o cuando va a visitar la casa de su amante), que lo único que consigue es suscitar cierta angustia y ganas de dar vuelta las páginas a trompicones y dejar todo ello atrás. Lo mismo sucede con cada una de las situaciones “cómicas” del libro, a pesar de que McEwan se ha esmerado en recalcar que éste no es un libro cómico y que nunca ha pretendido serlo. Pero la intención humorística es evidente y yo más bien sospecho que él mismo se daba cuenta de lo poco chistoso que le quedó el libro.

El problema de Solar no es que esté mal escrito o construido. Por el contrario, en esos términos, como he dicho, resulta perfecto. El problema, tal vez, radica en esa misma perfección. La novela es predecible, a ratos, incluso, insoportable, por lo repetitiva que resulta la acumulación de circunstancias supuestamente divertidas y supuestamente azarosas, pero que no pueden quitarse de encima cierto tufillo a premeditación y construcción. Y, aunque pueda sonar como si me estuviera vistiendo con las ropas del clásico y silvestre chaquetero chileno, intentando defenestrar a un tipo al que por lo general se lo considera una eminencia (basta recordar la lista de ilustres personajes del mundillo literario nacional que fueron a escucharlo exponer cuando estuvo en el país), lo cierto es que esto no es nuevo en McEwan, no es exclusivo de Solar, viene de mucho antes. Desde hace varios años que lo de este sujeto huele a efectismo. No, perdón, no es realmente efectismo lo suyo. Tal vez la palabra apropiada sea oportunismo. Retomo así la pregunta del título: ¿cuándo se jodió Ian McEwan?

Vamos a los hechos. El año 1998, McEwan publicó un libro que es bastante pasable, quizás lo mejor que ha escrito en el último tiempo: Ámsterdam, una especie de tratado sobre la ironía situacional. Giraba en torno al siempre interesante y discutible tema de la eutanasia. Después vino, en 2001, Expiación, la que debo reconocer que se escapa de esta tendencia que busco describir y está muy bien lograda (a diferencia de Solar, aquí la construcción no está en pos de sí misma sino que en función del contenido). Luego, Sábado, sobre la “realidad” post ataque a las torres gemelas. (Digo “realidad”, así, entre paréntesis, peyorativamente, porque una de las características que se le ha endilgado a la novela, y a la prosa de McEwan desde entonces, es que describe la naturaleza humana, algo tan vago de decir que es como no decir nada.) Después, Chesil Beach, que pretende ser un fresco de la identidad sexual de Inglaterra antes del despertar de los años 60(para los propósitos de mi argumento, digamos que revolotea alrededor del sexo y el pudor). Y ahora, finalmente, Solar, sobre el calentamiento global.

Repasemos entonces: eutanasia, torres gemelas, sexo (o despertar sexual), calentamiento global. ¿Notan cierto patrón o soy sólo yo?

 

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