Revista Intemperie

Los culpables

Por: Cristóbal Carrasco

zambra y gumucio

¿Existen responsables de nuestros intereses literarios? Cristóbal Carrasco culpa, en parte, a Rafael Gumucio y Alejandro Zambra, luego de leer los libros que reunen sus crónicas literarias: La situación y No leer.

 

Con pocos meses de diferencia, la editorial de la universidad Diego Portales lanzó dos libros parecidos: No leer de Alejandro Zambra y La Situación de Rafael Gumucio. Ambos de color verde, ambos con una foto de los autores en blanco y negro, ambos compilaciones de sus crónicas literarias –el término es usado en las respectivas portadas–  publicadas en diarios y revistas durante los últimos años.

Quizás, por todas las similitudes, para alguien que haya comprado desprevenidamente ambos libros, ellos puedan llegar a confundirse. Puede que ese haya sido, también, el fin de ambos escritores. Ninguno de ellos, intuyo, pretende confirmarse como un referente solitario y excluyente de la crítica literaria nacional, y tal vez por eso sus intervenciones en la prensa intenten constantemente ser avaladas desde la experiencia personal, desde la particular sensación de ser testigos de los libros que leen y de creer que ese testimonio tiene algo de interesante para los demás. Al mismo tiempo, las repercusiones que algunas de sus crónicas han generado, confirman de sobremanera la importancia de estas antologías que pueden verse como el resultado y la legitimación de Gumucio y Zambra como los mejores exponentes de la «crónica literaria» nacional.

Pero pese a las semejanzas, hay más elementos que dividen a estos dos libros, y es quizás la razón por la que, a mi juicio, uno de ellos fracasa y el otro no. El fracaso, en este sentido, no está dado por ellos, sino por la función que sus crónicas cumplen. Aunque hay algunas relaciones entre los libros –Gumucio presenta su crítica a la primera novela de Zambra, Bonsái, y obviamente se repiten algunos autores– son pocos los casos en que ambos cronistas escriben sobre el mismo libro. Uno de ellos es Madame Bovary. Sobre su primera lectura del libro de Flaubert Zambra dice: «Me gustaba leer; pero la prosa de Flaubert me hacía cabecear» y después, cuando confiesa que vería la película de Madame Bovary, afirma «…pues Madame Bovary me sonaba a porno, todo lo francés me sonaba a porno» Gumucio, en cambio, señala sobre ella «ya no es necesario a esta altura repetir que la prosa, la estructura, los personajes y las imágenes son espléndidos y que es justamente ese esplendor lo que me impide leer con la pasión y la velocidad que quisiera» ¿Notan la diferencia?

Por supuesto, hay un contraste evidente, y es que ambas crónicas están escritas desde veredas distintas. La de Zambra es una remembranza estudiantil y la de Gumucio parece estar más apegada a la ensayística dura. Pero, independiente de esa división, Gumucio logra algo que Zambra no: aburre. Eso no es algo malo. De hecho, a mi me encantan las cosas aburridas y creo que a mucha gente –no sé si mucha– debe sentir la misma inclinación por ellas. Pero es probable que el mismo Gumucio no lo crea así y que sus editores y muchos lectores tampoco. Y entonces, la virtud de Gumucio no es que quiera entretener, no es que nos convenza de leer o no leer a Flaubert, sino que tiene un punto sobre el libro. Un punto aburrido, pero un punto al fin y al cabo.

En la mayoría de sus crónicas, Zambra entretiene más que Gumucio porque es capaz de apelar a un ritmo más desprendido, menos certero y confiado. La virtud de No leer es, justamente, que la mayoría de las crónicas no se traten sobre los análisis de las lecturas, sino que sean apuntes sobre las circunstancias de la literatura y esas condiciones están siempre trazadas en base a pasos en falso que Zambra sabe narrar con originalidad envidiable. En La Situación, en cambio, la literatura es tomada –a veces– tan en serio, que uno no puede sino preguntarse cómo algo tan poco relevante merece palabras tan importantes.

Sin embargo, Gumucio se recupera. El cuarto capítulo llamado «Esos inválidos» es el mejor del libro, sobre todo su ensayo «El dilema del periodista cultural» y por otra parte, a medida que avanza el libro de Zambra se va volviendo más críptico, menos fresco, particularmente en su ensayo sobre la poesía de Bolaño. Tales vaivenes, por supuesto, no minan la necesidad de publicar ambos libros: sin ellos, no habríamos conocido a muchos escritores o quizás nunca nos habría interesado la literatura o la crítica literaria. De hecho, es probable que en más de un sentido, gracias a ellos haya querido escribir esta crítica y que muchos quieran leerla por esa misma razón. Por eso, pese a los defectos rebuscados que quise encontrar en sus libros, creo que todos les debemos mucho a esas crónicas. Ellos son los culpables.

 

No leer, de Alejandro Zambra; y La situación, Rafael Gumucio
Santiago, Ediciones UDP, 2010

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