Revista Intemperie

Lectura de un clásico: Sub terra como bisagra y sutura

Por: Ignacio Álvarez
Baldomero Lillo

Nunca fue minero pero dibujó como nadie la rutina bajo tierra. Tampoco fue aristócrata, pero sus libros llegaron a los poderosos. Baldomero Lillo es un médium entre el poder y el margen, así lo lee Ignacio Álvarez en Sub terra.

 

Puede sorprender a más de alguno, pero Baldomero Lillo (1867-1923) no fue nunca minero y solo en contadas ocasiones bajó a las galerías subterráneas en donde tantos hombres dejaron la vida extrayendo el carbón de la cuenca de Arauco. Su trabajo como oficial de pluma en las pulperías lotinas, además, fue relativamente breve y ocupó apenas su primera juventud, entre los dieciocho y los treinta y un años. En 1898 se instala en Santiago y comienza a frecuentar un ambiente literario que lo reconoce casi unánimemente al publicar, en 1904, los extraordinarios cuadros de Sub terra. Distinto de los mineros por familia y formación literaria, Lillo tampoco es parte de la elite ilustrada del país, de ese pequeñísimo grupo que lo gobierna con espíritu de fronda y que, con más bajos que altos, terminará depositándolo en manos del populismo alessandrista en 1920. Baldomero Lillo –es lo que quiero subrayar– ocupa un lugar muy particular en la cultura chilena de comienzos del siglo XX. Es en parte uno de los primeros letrados chilenos que tiene ojos para la miseria, y en parte uno de los primeros miserables que puede escribir. Una bisagra, o mejor, un médium.

Los relatos de Sub terra, en efecto, están escritos con la perspectiva alucinada del trance o del descubrimiento. Allí donde los escritores del siglo XIX habían visto solo un paisaje desnudo, donde los historiadores situaban apenas el teatro legendario de la guerra de Arauco, donde los empeñosos liberales admiraban sus máquinas de vapor, allí mismo, Lillo encuentra por primera vez hombres y mujeres tan completamente humanos como el artista, el historiador o el empresario. Su descubrimiento, en muchos sentidos, es comparable al de un continente, porque Chile ya no puede ser el mismo desde que Sub terra nos revela la compleja profundidad que alcanza el sufrimiento del minero.

Pese a todo, no creo que hoy en día sea posible leer estos cuentos como un simple testimonio de época. Hay demasiada distancia entre la mina y la imprenta como para asumir que las letras pueden reflejar limpiamente la realidad. Los humildes mineros que pinta el libro, tan humillados que a veces parecen niños atónitos o incapaces de reaccionar ante la injusticia repetida, son también los hombres enérgicos que, cuenta el historiador Luis Ortega, se organizaron en mutuales y sindicatos y lograron en varias ocasiones detener la producción carbonífera mediante la violencia. Sub terra es más bien una versión posible de esos hombres: la del oficial de pluma, una máquina que moldea la experiencia para convertirla en literatura.

También la mina es un artefacto transformador. La juventud del hombre libre se vuelve vejez paupérrima y sumisión absurda en El grisú; la vida silvestre de un caballo en el pingajo miserable que muestra Los inválidos; el ímpetu laborioso de La barrena en el sacrificio absurdo del Cabeza de Cobre. En exacta oposición a la ideología industrializante de la época, Lillo intuye que el trabajo minero es como una fábrica que, en lugar de producir las maravillas modernas que promete, produce desechos a partir de los humanos que consume.

La desesperación toma entonces dos caras: una resignada y otra irracional. En El pago, Pedro María es un minero a quien la compañía le roba incluso su salario, y termina inmovilizado ante el despojo; Juan Fariña y Viento Negro, sin embargo, llevan a cabo acciones directas que pretenden desterrar la explotación pero que terminan destruyendo la propia mina y a los mineros. No hay diálogo posible entre los estamentos que forzosamente conviven en el pique, y ante esa abismal incomunicación la única respuesta posible, parece sugerir el libro, consiste en la violencia exasperada.

En algún sentido el tema más relevante de Sub terra es la incomunicación y la distancia en la que se aísla el poder. Nada se nos habla de los Cousiño, dueños de la mina, ni tampoco de su parque; nada se habla de esos funcionarios oscuros que son apenas instrumentos lejanos de dominación. Como en Caza mayor o en El grisú, el hombre común apenas tiene contacto con las señas más exteriores de su explotador: con su perro Napoléon, con su empleado Mr. Davis.

Sin moraleja, sin redención posible, Lillo reconoce los bordes dolorosos de un Chile que más parece una herida que un país. A un lado los poderosos que pueden leer su libro, al otro los condenados que aparecen en él. En medio, sin importar que no haya sido minero o aristócrata, se encuentra nuestro autor. Sub terra, todavía hoy, es bisagra y sutura, intento desesperado de contacto.

 

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