Revista Intemperie

Una entrevista con Bob Wilson

Por: Pablo Torche
Philip Glass y Robert Wilson (Robert Mapplethorpe, 1976)

Una de las últimas actividades de Santiago a Mil fue una conversación con Bob Wilson, el afamado director estadounidense que llegó a Chile a presentar el estreno de ‘Días felices’ de Samuel Beckett. Pablo Torche asistió al GAM para registrar sus impresiones

 

En la sala debe haber unas 100 personas, entre ellas buena parte de la organización de Santiago a Mil. El invitado se lo merece, según el folleto explicativo Robert Wilson es considerado por algunos como el sucesor de Beckett, y supuestamente el mismo irlandés lo habría felicitado por su trabajo, considerándolo “muy parecido al suyo” (aunque esta historia la cuenta el mismo Wilson). Lo que sí es reportado por terceros es el carácter revolucionario y trasgresor de sus obras, que incluyen desde representaciones mudas de siete horas de duración hasta representaciones de clásicos de Shakespeare a Brecht.

De pronto el gran hombre hace su entrada, lo que despierta espontáneos aplausos. Es un tipo macizo, de pelo cano y cortado casi al rape, enfundado en un elegante vestón azul. Junto con él entra Adriana Asti, la actriz italiana que interpreta a Winnie en Días felices, y más atrás una pareja de intérpretes.

Mientras se realizan las presentaciones de rigor me informo en el folleto que Asti tiene una trayectoria de excepción en el cine europeo, no sólo ha trabajado con grandes directores, como Visconti, Pasolini y Buñuel, sino que incluso estuvo casada con uno de ellos (Bertolucci). La suerte que le esperaría en esta conferencia iba a ser un poco menos glamorosa, en todo caso. El presentador parte por ella, le hace un par de preguntas respecto a su trayectoria, y de la experiencia de trabajar con Bob, a lo que Asti responde que ha sido todo magnífico y excepcional, un trabajo “natural” y fascinante. Estas demostraciones de urbanidad iban a ser más o menos su última oportunidad para abrir la boca.

A continuación el presentador se voltea hacia Wilson y le dirige una pregunta un poco más conceptual, acerca de la síntesis entre texto, música y visualidad en sus obras. Wilson se pone de pie y medita en actitud reconcentrada. La pregunta fue un poco difícil, es cierto, pero dentro de poco me doy cuenta que el notable no está meditado la respuesta, se trata de una performance. La gente se percata también, porque murmullos nerviosos comienzan a recorrer la sala; después se hace un completo silencio. Según tengo entendido, la famosa pausa beckettiana en el teatro dura 90 segundos, pero el aprendiz supera con creces al maestro y ya después de un par de minutos me empiezo a sentir un poco impaciente.

No sé exactamente qué se hace en estas circunstancias, así que me distraigo observando el tráfico de la Alameda a través de a ventana, y me pongo luego a reflexionar acerca de las excepcionales condiciones de la sala del GAM, con ventanales de piso a techo, pero con una aislación acústica perfecta, además de perfectamente climatizada, al punto que da un poco de placer ver a los peatones achicharrándose afuera, bajo 34 grados de calor.

Después de unos cinco minutos, Wilson se decide atacar la pregunta por medios más convencionales (es decir, verbales). Su obra coqueteará con el silencio constantemente, pero esos prolongados cinco minutos iniciales es lo último que íbamos a tener de éste durante toda la conferencia. El estilo de comunicación de Wilson es el de frases breves, la mayor parte de las veces formuladas en forma de máximas, intercaladas por breves pausas de carácter apreciativo. La idea central que se propone transmitir, colijo, va en el sentido de que el texto, la música y la visualidad de una obra, no deben repetirse ni superponerse sino más bien complementarse, “decir” cosas distintas, en la búsqueda de un mensaje más profundo.

Después de unos 15 minutos en que esta idea (brutalmente simplificada por mí), se expresa en toda su complejidad, uno ya empieza a preguntarse si serán necesarias nuevas preguntas o Bob Wilson necesita sólo una para hacerse cargo de toda una conferencia. La ex novia de Bertolucci por su parte, parece bastante resignada a lo segundo, hasta interesada se diría. Pero de pronto Wilson parece volver en sí, se detiene, y se muestra dispuesto a hacerse cargo de nuevas preguntas. Para llenar las dos horas de conversación se necesitaron sólo 3 ó 4.

La más interesante, a mi juicio, es aquélla acerca de sus maestros e influencias. Yo esperaba una referencia a Beckett, pero esta esperanza tan convencional iba a demostrarse vana. Las principales influencias de Wilson van más por el lado de los niños con algún tipo de minusvalía, uno sordo que conoció a los 12 años, y con quien escribió su primera obra y otro con daño cerebral con quien trabó contactó cuando vivía en Nueva York. Este último da a lugar a la anécdota que, a mi juicio, conforma la parte más memorable de la conferencia.

Por ese entonces Wilson vivía en un loft en Manhattan y formaba parte, es de suponer, de la escena de avanzada de la ciudad. En una de sus fiestas llega a sus manos por casualidad una cinta grabada con extraños sonidos. Los reproduce con delectación para nosotros: son como un pulso intermitente, interrumpido cada tanto por extraños gritos, como si la cinta se hubiera descompuesto o dañado, gritos que se van haciendo cada vez más violentos.

Averiguando y averiguando, Wilson descubrió que la grabación había sido realizada por un joven de 12 años, con daño cerebral y que se encontraba recluido en una institución de salud. Este embrionario John Cage en cautiverio estaba destinado a convertirse, más que en un alma gemela, en un verdadero maestro para el emergente director, según atestigua el resto de la historia. Conmovido, Wilson logró dar con la madre y, tras insistirle bastante, consiguió que llevara al niño a ver la obra que presentaba en ese momento; más aún, por circunstancias del destino, el chico terminó actuando en ella, lo que, dado el tenor de la obras de Wilson por aquel entonces (no sé si han cambiado mucho), no resultó demasiado sorprendente. Básicamente, representaron sobre el escenario los sonidos de la grabación, lo que obtuvo aplausos del público.

Wilson compartió muchas cosas más con la audiencia a lo largo de la conferencia, e incluso respondió un par de preguntas del público al final. Contó de su infancia culturalmente devaluada en Texas, abogó por la libertad de la imaginación, el silencio, la autonomía del actor con respecto al texto y la  importancia del público. Todo con una presencia escénica notable, y un conjunto de conceptos lúcidos y, tengo que reconocerlo, a ratos sensibles, aún cuando embutidos en un buen caldo de lugares comunes. La audiencia aplaudió a rabiar al final y sin duda el director cumplió con el objetivo de despertar la curiosidad respecto de qué tipo de Beckett puede salir de las manos de esta distante, y a veces contradictorio, émulo.

Al ver estas cosas uno nunca sabe si el arte mundial de avanzada ha sobrepasado las pálidas mentes de los espectadores de países periféricos, o bien  hay un poco de parafernalia insulsa en todos estos íconos artísticos de la posmodernidad (puede que sea lo primero). De todas formas, no me imagino a Beckett, quien en su juventud decidió dejar de hacer clases en la universidad precisamente porque se sentía hablando solo frente a sus alumnos, entregándose a ninguno de estos despliegues performativos, ni siquiera en un país marginal y todavía subdesarrollado como el nuestro.

 

Foto: Philip Glass y Robert Wilson (Robert Mapplethorpe, 1976)

2 Comentarios

  1. Alfredo Fenik dice:

    Sr. Torche: Puede darse Ud por muy satisfecho que el Sr Wilson no les haya obsequiado con la representación de KA MOUNTAIN cuya duracion en Iran fue de siete dias

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