Revista Intemperie

Otro día feliz

Por: Rodrigo Marín Matamoros

Rodrigo Marín fue a ver Días felices, el clásico de Beckett, en un montaje del famoso director estadounidense Robert Wilson y quedó más impresionado por la puesta en escena que por el mismo texto.

 

En un indefinido lugar se levanta un impresionante montículo de angulosos trozos de asfalto desde el cual emerge Winnie (Adriana Asti) enterrada hasta la cintura y bajo una resplandeciente luz. Ella, una mujer de mediana edad, evidentemente trastornada por la rutina, trata de convencernos de lo feliz que transcurren los días junto a Willie (Giovanni Storti), su marido, quien, obsesionado por una postal pornográfica, emite desagradables ruidos entre sus contadas y reptiles apariciones fuera de este gran agujero.

Se trata de Días felices, una de las obras clásicas del dramaturgo irlandés Samuel Beckett, premio Nobel de literatura en 1969 y quien fuera uno de los inauguradores del teatro del absurdo, caracterizado por poner en escena, sin mucha consideración por el público, la incomunicación y sinsentido del hombre de la postguerra.

La obra llega ahora al Festival Santiago a Mil bajo la dirección del norteamericano Robert Wilson, reconocido por hacer un teatro emparentado con el de Beckett y también por su larga lista de colaboraciones con famosos, entre los que se cuentan Philip Glass, Lou Reed y David Byrne.

Días Felices explora sobre todo el absurdo del ocaso en la vida marital, así como la ansiedad del hombre ante el desenlace de la vida y el sinsentido de lo cotidiano frente la muerte. Esto se hace fundamentalmente a través de un rebuscado monólogo de Winnie, que se concentra en actividades cotidianas como jugar con el cepillo de dientes o limarse las uñas, mientras Willie –condenado al mutismo casi total en la obra–, lee el periódico, o dormita en su lugar, lejos de su mujer, evocando el deteriorado espacio domiciliario que los recluye.

La puesta en escena es impactante y sobria a la vez. La imponente luz que se proyecta desde atrás del escenario ilumina no sólo el escenario sino también la sala misma del teatro, donde el público se mueve constantemente en busca de un mejor puesto que le permita leer los subtítulos. Los trozos de asfalto, que se encumbran en una especie de gran hormiguero, parecen los resabios de lo que fue alguna vez una ciudad. Coherente con esta idea, el diseño de iluminación resalta sobremanera la atmósfera onírica de esta desértica escenografía de cielos azules, que enmarcan la soledad y la locura de los personajes.

En este sugerente contexto transcurre el infatigable monólogo de Winnie mientras Willie, que se encuentra muy por debajo de ella, insiste en no tomarla en cuenta: “¿Me oyes? Te lo suplico, Willie, contéstame si o no, ¿me escuchas? Solo sí o no”, pregunta ella mientras continúa ejecutando las minucias de su rito cotidiano.

Tras el comienzo del segundo acto, Winnie aparece enterrada hasta el cuello. Mientras seguimos tratando de leer los subtítulos que tenuemente tratan de lucir muy arriba por sobre el escenario, ella continúa su infatigable monólogo hasta que el acto, mucho más breve que el primero, finaliza abruptamente (sin entregar una resolución a sus dilemas), tomando también por sorpresa al público, que deja pasar algunos segundos antes de decidirse a aplaudir.

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Días felices

Director: Robert Wilson
Autor: Samuel Beckett
Dramaturgia: Ellen Hammer
Elenco: Adriana Asti: Winnie; Giovanni Battista
Foto: Stgo a Mil
Esta obra se presentó exclusivamente los días 27, 28, 29 y 30 de enero, en el Teatro Municipal de Las Condes.

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