Revista Intemperie

Pablo Toro y el efecto Seinfeld

Por: Francisco Díaz Klaassen
hombres

Francisco Díaz descree de las críticas que se aprovechan de la ópera prima de un autor chileno para entregar un poco de didactismo, pero no puede evitar entusiasmarse con el promisorio debut de Pablo Toro a través del libro de cuentos Hombres maravillosos y vulnerables.

 

Las primeras novelas y los libros chilenos (si es que somos chilenos) siempre van a acarrear consigo valores agregados, con todo lo bueno que esto trae (nada), y con todo lo malo (por ejemplo, el consabido paternalismo del sujeto que cree saberlo todo: “no es mala la película, para ser chilena…”). En la medida en que descubrimos que una obra viene a ser el debut de su autor (literario, o de lo que sea), inmediatamente pasamos a apreciarla más en función del futuro (promete esto, a ver si desarrolla esto otro) que del presente (finalmente, si es buena en sí). Y, en cierto sentido, lo que estamos haciendo con esto es matarla: al etiquetarla, la dejamos para siempre encasillada, atada a todo lo que viene o —peor aún— a lo que deja de venir. Algo similar sucede con su nacionalidad: al declararla chilena, la insertamos en un ambiente delimitado, pre-definido, y la analizamos en comparación a los otros productos que componen ese ambiente. Terminamos asignándole valor en la medida en que se aleja de la “tradición” o presenta una deuda evidente con ella. Una y otra actitud, muy propias de la crítica insensata y ridícula que se hace en cierto diario amarillista de este país, le hacen un flaco favor a todos los involucrados (¿un ejemplo de esto?, lo pendientes que están todos de esa minúscula crítica).

Habiendo dicho eso, pasemos al libro, y juzguen ustedes si este comentario escapa a esa maldición o si, por el contrario, nace de ella. Hombres maravillosos y vulnerables (que, por cierto, es un volumen de cuentos, algo que tendríamos que agradecer, hoy por hoy) es, a mi parecer, un buen libro. No es maravilloso (perdonen el chiste fácil) pero tampoco deja a su autor con el culo al aire (o sea, vulnerable; perdonen el…). Se respira un buen aire en sus páginas. Aire fresco. Nuevo. Casi diría que sofisticado, si no fuera por su intento —exitoso, huelga decir— de chilenizar todo aquello que algunos no tardarían en tildar de extranjero. Su prosa es correcta, fluida y efectiva (que no efectista), ágil cuando el cuento lo requiere y más pausada cuando así lo pide alguno de sus personajes. Si me permiten aventurarme en la especulación, diría que se nota el trabajo de guionista del autor, que anuncia la solapa (aunque nunca tendría uno que creer mucho lo que ahí se señala). La única crítica que se me ocurre hacerle es cierta fijación con imágenes que buscan ser epifánicas y enigmáticas (razón, creo, por la que fracasa el cuento sobre Pinochet, además de la inconsistencia de su protagonista y cierta incapacidad de capturar —más bien, describir— el momento inefable).

Tiene dos grandes momentos la narrativa de Toro en este libro. Uno de ellos se produce cada vez que se abandona al humor, un humor que, valga la aclaración, no es plano ni viene entregado en bandeja, indicándote cuándo sonreír; un humor que delata cierta distancia de los acontecimientos y de los personajes, una distancia que es más irónica que sardónica y que, si bien aleja a los personajes y acontecimientos, al mismo tiempo acerca al narrador y al lector como ningún otro artilugio del libro. El otro gran momento sobreviene cuando Toro no entorpece su propia marcha explicándolo todo o agregando reflexiones innecesarias (“consciente de que la realidad nunca es una piedra constante”, “no eran gente violenta, sólo hombres y mujeres infelices”); cuando presenta las situaciones y después parece retirarse, como si la propia voz narrativa quisiera contemplar lo que acaba de presentarnos (el viejo showing versus telling de James). De esta manera, roza lo genial, por ejemplo, con algunos de los microcuentos de “Parque Avendaño”, un texto que fácilmente podría —o tendría— que haber desembocado en un libro propio.

Me doy cuenta de que esto que he mencionado hasta ahora corresponde apenas a generalidades, que poco y nada les pueden decir a ustedes si es que no han leído los cuentos (y, si ya los leyeron, ¿para qué me leen a mí?, ¿qué pueden sacar en limpio de esta lectura?). A ver si puedo remediarlo:

La gracia de Hombres maravillosos y vulnerables, lo que lo vuelve especial, creo yo, es la recurrencia de ciertos códigos internos que se constata en prácticamente la totalidad de los cuentos, los cuales le agregan una suerte de sabor al libro. Lo que a algunos les ha dado por llamar el efecto Seinfeld (pero que también podemos encontrar en obras anteriores, como en Ásterix). El efecto Seinfeld parte de la base de que cada capítulo tiene que ser una unidad que funcione por sí sola, independiente de los que vienen antes y los que hayan de venir después. En las comedias de situaciones esto es una necesidad (para capturar nuevos espectadores, me imagino) y suele conseguirse por medio de chistes internos que se van repitiendo sistemáticamente a lo largo del capítulo pero que no son parte sustancial de su trama (por ejemplo, alguien se encuentra un calcetín en una de las escenas iniciales y se deshace de él; más adelante se lo encuentra de nuevo y repite la rutina de desprenderse de él; luego, llegando al epílogo del capítulo, el calcetín —nunca sabemos si es el mismo u otro, similar— nuevamente se cruza en su camino, y así…).

Toro hace algo análogo en estos cuentos, y en ningún otro lugar resulta más evidente que en “El club de los cinco”, tal vez el mejor relato de los siete que componen el volumen. En él, la persistente presencia del amigo del protagonista, Carlos Pereda (uno de los mejores personajes secundarios de los que yo tenga memoria), así como la jocosa —¿pero entrañable?— rutina amatoria de la pareja principal, constituyen no sólo elementos humorísticos que le otorgan pausa y respiro a la acción del cuento: constituyen su misma esencia.

Pero, si tengo que ser sincero con ustedes, la verdadera razón por la que me gustó este libro, si lo recomiendo –y lo hago– no es por ninguna de las razones que ya enumeré. Lo cierto es que me gustó este libro —y me avergüenza decirlo, después de mi perorata anterior— porque es el primer libro de un escritor chileno, y no recuerdo ningún otro primer libro chileno parecido (también es cierto que no he leído tantos). Porque promete cosas a futuro y porque entrega otras tantas en el presente que se echaban en falta. Y eso vale —me vale a mí, al menos— para pasar por alto la pésima encuadernación y la aún peor contratapa. (Ya ven, ni podemos dejar de vernos el ombligo ni de “asomarnos de puntillas hacia el futuro”.).

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Hombres maravillosos y vulnerables

Pablo Toro
Santiago, La calabaza del diablo, 2010

Un comentario

  1. jose luis dice:

    llegué a este libro sin saber nada de el, una amiga lo tenía, y lo encontre espectacular, me hizo sentir incómodo a ratos y me hizo reir mucho. es bien perverso. bien por el autor.

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