Revista Intemperie

Esa no soy yo

Por: Paula Peña Rozas
Medusa

La obra Medusa aborda el período de la Dictadura a través de tres presas políticas transformadas en informantes. ¿Logra la obra poner sobre el escenario una mirada nueva sobre este recurrido período histórico? Paula Peña piensa definitivamente que sí. 

 

La cantante española Mari Trini es parte de una serie de anécdotas que relacionan el Festival de Viña del Mar con la dictadura de Pinochet. En 1976, y ante las pifias del público, la intérprete de “Yo no soy esa” recurre a un comodín para zafar del monstruo: le regala una rosa a Augusto Pinochet con lo que se instala en nuestra historia festivalera y quizás, en algún rincón de nuestra historia política.

No sabemos –y tampoco importa para efectos de esta crítica– si Mari Trini se habrá arrepentido de congraciarse con el dictador; lo que sí podemos afirmar es que su gesto representa a muchos que, para salvarse, se vieron obligados a hacerle reverencias al régimen, tal como se muestra en la obra “Medusa”, de Ximena Carrera.

Inspirada en hechos reales, esta obra cuenta la historia de Mariana, Carmen y Nina, tres mujeres que han salido de un centro de tortura para compartir un departamento en el centro de Santiago. La atmósfera setentera creada por la música (se escucha “Yo no soy esa” y “Te amaré” de Mari Trini) además del vestuario, permite relacionar lógicamente la situación de estas mujeres con la dictadura de Augusto Pinochet y comprender que están siendo utilizadas por los militares en ese contexto.

Las protagonistas de esta historia son mujeres que alguna vez militaron en el MIR y que ahora deben poner al servicio de la dictadura toda la información que poseen. Entonces, se convierten en las encargadas de reconocer opositores al régimen y con ello, de delatar y condenar a quienes fueran sus propios compañeros políticos, aquellos con quienes compartieron ideales, proyectos, fiestas y parte importante de sus vidas. Por esto, Mariana, Nina y Carmen, tal como la mítica figura de Medusa, son mujeres cuya mirada es signo de fatalidad ya que el solo hecho de que reconozcan a un ex compañero es sinónimo de que este morirá a manos de los militares. La puesta en escena presenta así a  tres personajes profundamente contrariados que intentan salvarse sacrificando a los suyos y finalmente, parecen no tener salida: ellas mismas dudan de que este espacio, este departamento en el que están encerradas, sea realmente una mejor opción de vida que el “gallinero”, como le llaman al centro de tortura.

Uno de los aciertos más claros de la puesta en escena consiste en transmitir la sensación de encierro (tanto físico como psíquico), a través de la utilización de un espacio pequeño, que permite restringidos movimientos a los personajes; además, es un lugar que consta de escasos muebles y se presenta como un sitio del que prácticamente no se puede salir, a menos que sea para reconocer caras o identificar cuerpos muertos.

Respecto del conflicto, llama la atención que no se desencadene en un momento determinado, como sucedería en un drama clásico, sino que esté presente de forma permanente en cada uno de los personajes. Mariana, Nina y Carmen son delatoras lo que las convierte en victimarias, pero a la vez son víctimas de una dictadura de la que no saben cómo escapar, aunque parecen estar dispuestas a hacerlo al precio que sea. Esta dualidad víctima-victimario es la verdadera protagonista de la historia y es también el motor de la acción y el generador del conflicto.

En otro plano, es necesario destacar la justificada evocación histórica de este montaje, que no mira al pasado porque sí (no necesita apoyarse en falsos patriotismos ni excusarse en la celebración del Bicentenario para hablar de historia), sino que lo hace para instalar una reflexión distanciada acerca de lo ocurrido en dictadura, construyendo así una nueva voz, un discurso actual sobre aquel suceso histórico. Esto se nota en el hecho de que aquí no hay “buenos” ni “malos”, más bien, hay buenos que se convierten en malos o malos que parecen ser buenos, o buenos que se sirven de los malos para alcanzar sus objetivos. Es decir, se presenta un travestismo de ambos polos, elemento que desencadena las inagotables angustias de los personajes: tres mujeres que parecen no reconocerse a sí mismas, que no pueden creer que están condenando a los suyos, tres mujeres que al verse al servicio de la dictadura a la que antes se oponían, quisieran asegurar –como Mari Trini–, “yo no soy esa”. Pero no pueden.

Sin embargo, ¿son condenables estas mujeres por haber delatado y condenado a sus propios compañeros?, ¿son ellas las traidoras?, ¿están evidentemente equivocadas? Estas preguntas que se desprenden de la puesta en escena son justamente el elemento más valioso de la misma y aquel que le otorga un valor más allá de la anécdota histórica: es esta una obra que nos permite reflexionar acerca de la dictadura chilena, pero también permite traer al debate todas las situaciones de tortura que han existido a lo largo de la historia o aquellas que puedan estar sucediendo hoy en nuestro entorno. Detectar que estas fuerzas contrarias (la de la víctima y la de victimario) coexisten en muchos seres humanos y que dicha coexistencia parece darse especialmente en regímenes que practican la tortura, es otro de los aciertos de esta puesta en escena, aciertos que sumados a las pulcras actuaciones, hacen de “Medusa” una obra sobresaliente.

 

Medusa

Dirección: Sebastián Vila
Dramaturgia: Ximena Carrera
Elenco: Carmina Riego, Ximena Carrera, Nona Fernández
Diseño integral: Compañía La Trompeta y Carola Denegri
Producción: Compañía La Trompeta
Compañía: La Trompeta
Duración: 1 h. 15 min.
Funciones: 18,19,20,21,22,23, 25, 26, 27, 28, 29 y 30 a las 22:00 horas
Lugar: Teatro Mori Bellavista, ubicado en Constitución 183  (Providencia)
Foto: Stgo a Mil

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