Revista Intemperie

Su propio Frankenstein

Por: Constanza Ramírez
mil versos

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De Pablo Mackenna a Violeta Parra: Mil versos chilenos reúne en un solo libro aquellos versos que viven en el inconsciente de todos. Constanza Ramírez dice que este libro es como un Frankenstein que, a partir de retazos, se construye como un gran mosaico de la poesía chilena.

 

“Somos nuestro propio/ Frankenstein” dice uno de los versos de Mil versos chilenos, el libro construido por Marcela Labraña y Felipe Cussen, y que, como su nombre lo indica, reúne un conjunto de mil versos chilenos, escogidos bajo la premisa de que (como lo dice su contraportada) son “versos clásicos o desconocidos, que nos persiguen el día entero”, versos que “ganan por knock out al primer asalto”; criterio de selección que obvia la calidad del poeta, y del poema completo, puesto que solo importa el verso y su resonancia en el inconsciente colectivo. De esta forma, conviven en una misma página Pablo Mackenna, Violeta Parra y Felipe Ruiz, por ejemplo; o Enrique Lihn, Ximena Adriasola y José Domingo Gómez Rojas; y es que como dice Labraña en su prólogo, “poetas que consideramos muy malos tienen versos muy buenos [. . .] a veces es justo al revés”.

El libro forma parte de la colección “Dulce patria” de Ediciones B, y se propone, en el marco del año del Bicentenario, revisitar la poesía chilena, construyendo un mapa de ella que nos llega como aquellos libros de arte, que más allá de mostrar el cuadro completo, nos resaltan sus detalles significativos, para entregar otra perspectiva de ellos. Pero Cussen y Labraña dan otro giro y olvidan el poema completo (solo como gesto está el título y el autor), para que el verso se vuelva autónomo y así reconocemos en estos mil versos, no sólo grandes poetas, sino que también, a recónditos autores, que alguna vez tuvieron su momento de iluminación.

A pesar de que su nombre es Mil versos chilenos y se apunte a una revisión de la tradición poética de Chile, el libro no es ni de cerca una antología tradicional, ya que marca  su diferencia en el excelente criterio de organización de los versos, cuya directriz los articula en torno a diferentes tópicos  o motivos de la poesía universal, tales como, nación, amor, muerte, poesía, entre muchos otros, pero sin que estos se nombren o se separen por apartados. Así, se logra que la lectura adquiera un ritmo que fluye, configurándose como un solo texto, como un solo tejido. Es como si el libro de arte se volviera, en el correr de sus páginas, un solo cuadro.

Así, se parte con el tópico de la patria, abriéndose con el himno nacional y su pegajoso “Dulce Patria, recibe los votos/ con que Chile en tu aras juró/ que o la tumba serás de los libres/ o el asilo contra la opresión”, para después seguir con otros versos referentes a la patria, hasta llegar, sin que nos demos cuenta, a versos que hacen referencia a Chile, a la bandera, y así, hasta el amor, la muerte, entre otros, utilizando como hilo articulador versos que sirven para uno y otro tema, lo que Paula Dittborn en la presentación del libro llamó “versos bisagra”. En ese sentido, es admirable la tarea de edición.

En esa misma línea, funciona la elección de versos clásicos de la poesía chilena y sus correspondientes reescrituras, como “Pero escribí y me muero por mi cuenta,/ porque escribí porque escribí estoy vivo” de Lihn, parafraseado por Lira con “Porque escribo estoy así Por/ Qué escribí porque escribí es’/ Toy vivo”, haciendo patente el diálogo entre poetas e invitándonos, además, a participar en él.

De esta manera, se llega a la última página, que pone como punto final el verso de Deisler, “EVERYTHINGS IS POESTRY”, que escrito en mayúsculas, resulta un golpe abrupto, certero, una excelente elección para cerrar el libro, y aunque los autores hayan dejado espacio para agregar versos, ese punto final es difícil de cambiar (por no decir, imposible).

“Somos nuestro propio/ Frankenstein”, vuelvo a retomar el verso con el que partí, que pertenece al poema “La gran marcha de los héroes” de Gonzalo Muñoz y que, apartado de su cuerpo, me permite desarmarlo, desfigurarlo y pensarlo como la metáfora perfecta para el libro de Labraña y Cussen: el texto es su propio Frankenstein, que lejos de ser monstruoso, constituye un cuerpo armónico, encajado perfectamente en sus partes, siendo ese el mayor mérito de sus autores, que más allá de pesquisar los versos, construyeron un objeto literario complejo, abarcable desde de diferentes perspectivas. Mil versos… es la forma más gráfica de representar la noción de texto como mosaico de citas, la muerte del autor, o la postura de ducassiana de que la poesía se escribe entre todos. El libro sirve o alimenta muchas metáforas; un Frankenstein que revisa o construye alguna identidad, o nos deja admirarnos o reírnos de nuestros poetas y sus versos; o los pone a disposición nuestra, para hacerlos nuestros y usarlos como queramos… En fin, inteligente manera de pensar y rearticular la literatura chilena, refrescando el concepto de proyecto Bicentenario, apuntando a que dicho nombre no siempre resulta aburrido.

 

Mil versos chilenos

Felipe Cussen y Marcela Labraña
Santiago, Ediciones B, 2010

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