Revista Intemperie

¡Independencia! La historia es nuestra

Por: Ignacio Álvarez
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¡Independencia! nos acerca a los grandes próceres de la patria, no mostrando sus grandezas sino su cotidianidad, o aquello que algunos llamarían su “humanidad”. Lo que Ignacio Álvarez no entiende es por qué el autor, Alfredo Sepúlveda, intenta, de esta forma, enfrentarse a La Historia De Chile (así, con mayúsculas) si la historia oficial hace rato que dejó de existir.

 

Desde hace algunos años Ediciones B ha venido desarrollando un proyecto consciente y sistemático al ofrecer muy interesantes libros de historia que están un poco más acá o un poco más allá de lo que llamaría, así con mayúsculas, La Historia De Chile. Un poco más acá: Bernardo; Yo, Montt; la serie Historias del siglo XIX chileno e Historias del siglo XX chileno. Un poco más allá: Chil3, Synco y finalmente –quizá exagero o me quedo corto, no lo sé– esta ¡Independencia! de Alfredo Sepúlveda. La línea es, por cierto difusa, y no voy a perder ni un segundo tratando de dibujarla.

¡Independencia! es un conjunto de siete crónicas que abordan episodios más o menos desconocidos, laterales o curiosos de los últimos años de la colonia y hasta el fin de la Patria Nueva. El interés, a veces, está en la trama de la crónica misma (la corrupción de los administradores coloniales que revela el episodio del Scorpion, por ejemplo,o las verdaderas motivaciones del asesinato de Manuel Rodríguez), otras veces el hueso está en un punto de vista particular que quiere mostrarnos la conciencia de nuestros próceres, como sucede en los monólogos de Ramón Freire y Mateo de Toro y Zambrano.

El libro, no cabe duda, funciona muy bien, aunque me parece una máquina cuyo propósito se va oscureciendo a medida que comprobamos su efectividad. Alfredo Sepúlveda, en el prólogo, indica que el objetivo es “bajar a los héroes del pedestal para que estén más cerca de nosotros”, y eventualmente lo logra. En efecto, Lord Cochrane se nos parece y comprendemos un poco más a lo realistas. El problema es que de tanto acercársenos lo que se nos termina alejando es la historia. No la verdadera, que es imposible de escribir, sino la historia común, la colectiva, aquella en la que confiamos hasta que –es inevitable– se nos revela incompleta.

Poner el ojo en la humanidad de los próceres desplaza la causalidad de los hechos históricos desde la compleja trama que articula una sociedad (su estructura, eso que está más allá de las personas particulares) hacia la subjetividad de unos cuantos individuos, y eso es más bien un retroceso. Se supone que hace rato habíamos aceptado que la historia no es solo un panteón de grandes hombres (o nombres), pero ¡Independencia!, sin quererlo y por humanizar tanto a las celebridades, parece decirnos que, en última instancia, la conciencia de unos pocos es el horno en donde se cuece el destino entero de un país.

Por otro lado, y en el afán por hacer comprensibles algunas coyunturas difíciles, el libro recurre a problemáticos ejemplos del presente. Pienso sobre todo en Manuel Rodríguez, presentado como el primer detenido desaparecido de la nación. La metáfora indudablemente funciona como ilustración, pero tiende, creo yo, a escapársenos de las manos y al final no vemos a Manuel Rodríguez sino solo a los detenidos desaparecidos, de modo que el pasado, la materia de la que está hecho un libro como este, termina también perdido.

En el fondo, estas crónicas quisieran enfrentarse a la historia oficial y lo que ocurre es que esa historia oficial, feliz o lamentablemente, dejó hace rato de existir. Ya lo dijeron los autores de Chil3 cuando leían tramposamente el discurso de Salvador Allende: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”, lo que significa, más o menos, que hoy en día existe la posibilidad cierta de usar el relato histórico como bien nos parezca.

No es que considere ¡Independencia! un mal libro, entonces, quizá es todo lo contrario. Lo que no logro entender todavía es si estoy de acuerdo o no con los efectos que obtiene Alfredo Sepúlveda cuando usa el archivo nacional.

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¡Independencia!

Alfredo Sepúlveda
Santiago, Ediciones B, 2010

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