Revista Intemperie

Casa de ciervos, de Jan Lauwers y Needcompany

Por: María José Contreras Lorenzini
ciervos

En Casa de ciervos vemos el proceso creativo de una compañía de actores ante las adversidades de la guerra. Desde su punto de vista de actriz y directora teatral, María José Contreras reflexiona aquí sobre una de las obras más esperadas de Santiago a Mil.

 

La primera cosa que llama la atención en Casa de ciervos es la maestría con la que la compañía y su director, Jan Lauwers, trenzan distintas disciplinas artísticas (teatro, danza, artes visuales), idiomas (inglés, francés y castellano) y niveles del relato para enhebrar hilos narrativos que componen un tejido complejo, pero siempre orgánico y comprensible. Esta obra logra lo que tantas otras contemporáneas intentan y eso es crear un bricolage, que hace sentido, que fluye rítmica y narrativamente, que construye un universo otro que se aprehende a medida que transcurre la historia. Se trata de una obra, que apela a la sensorialidad, en particular a la musicalidad, que está presente durante todo el montaje, no tan solo en los cantos y el sonido de un piano, sino en el ritmo de las frases corporales, en el modo de decir de los actores y en la cuidada composición espacial.

La obra parte de un hecho real: Kerem Lawton, corresponsal de guerra y hermano de una integrante de la compañía, es asesinado en Kosovo. El grupo de actores se entera mientras realizan una gira en Francia. Es este hecho puntual el que impulsa la creación y es también el evento inicial en el relato teatral. Lo interesante es cómo Casa de ciervos deja y toma este suceso de la realidad para componerlo y recomponerlo con aspectos ficcionales, generando un discurso claro, pero para nada obvio y alejado de cualquier pretensión documental. Es un placer ver cómo una compañía de teatro recibe y elabora un hecho tan cruento desde la creatividad, la fantasía e, incluso, desde el humor negro. Tal vez una de las cosas más sugestivas del montaje es que, en algún sentido, da cuenta de cómo el arte procesa y elabora un duelo, generando una opinión y un discurso lúcido que habita y se cría en un proceso artístico.

Casa de ciervos plantea una reflexión sobre el rol del arte ante las vicisitudes de la historia. Tal como dice su director: “El arte cae siempre entre los pliegues de la historia, es inútil y no influencia ni el más mínimo acontecimiento, y es precisamente ahí donde reside su misteriosa necesidad”. Lo que tal vez Lauwers no alcanza a percibir de su propio trabajo es la eficacia con la que transmite un discurso crítico que subyace a la acción y al relato, que nunca se hace explícito y que, sin embargo, chorrea la puesta en escena y escurre a la platea. Un texto de la obra proclama “nadie puede escribir su propia historia” y en esa imposibilidad entran las voces de los otros (en estos casos las voces de los integrantes de la compañía) a susurrar, murmurar y a veces gritar esas historias que permanecen en los intersticios de la oficialidad, como la muerte del hermano de una de las actrices de la compañía.

En cuanto al tema de la construcción de la historia, vemos que de a poco se va creando una obra dentro de la obra que es ficcional y que se trata de una familia que cuida ciervos en Carolina del Norte. Muchas veces, el relato se detiene para dejar hablar a los actores quienes imaginan finales alternativos, recrean posibles desenlaces para luego volver a sus personajes y representar las escenas de este espacio-tiempo ficticio. Durante todo el montaje los personajes dialogan con los actores quienes muchas veces son llamados por su nombre. Más que adherir  al ultra utilizado recurso de la metateatralidad (que sucede cuando los actores comentan desde su “yo actores” la acción de los personajes) Casa de ciervos logra, en este juego, generar una posición casi testimonial desde la que se instala todo el espectáculo. El recurso metateatral no sirve para desmantelar el dispositivo escénico, sino para recordar quiénes son los que están sobre el escenario y por qué nos están apelando como espectadores. Es por este motivo que no vuelven a la posición individual de cada actor “real”, sino que regresan siempre al punto de inicio: su posición como artistas que algo tienen que decir/hacer en este mundo de guerras e indolencias. Los actores nos cuentan lo que les pasó y cómo de a poco pudieron separarse de ese evento inicial para crear una obra de teatro. El proceso creativo queda entonces, incluido en el mismo montaje, generando una autoría casi confesional que muestra, muchas veces irónicamente, los secretos de su trabajo y sus debilidades.

Junto a la honestidad de la puesta en escena, se agradece la simpleza y la falta de pretensión: todo se ejecuta sin alardes, desde las actuaciones, en las que destaca la verdad y potencia de Viviane De Muynck, los cantos simples y llanos, una escenografía que transita del realismo a lo naif, hasta las frases coreográficas que nunca caen en el pavoneo del virtuosismo de los bailarines. En suma, todos los elementos colaboran para componer un organismo escénico que vive, respira, y se mueve ante nosotros con naturalidad y sencillez.

Vale la pena ver Casa de ciervos porque es una obra que nos muestra la futilidad de la historia con honestidad, con simpleza, en un montaje que entre cantos, danzas y textos incisivos nos conmueve, nos acurruca en un delicioso viaje para revelarnos la absurdidad de la muerte y de la guerra.

 

Casa de ciervos (The Deer House)

Jan Lauwers y Needcompany
Compañía: Needcompany
Producida en colaboración con: Grace Ellen Barkey, Anneke Bonnema, Hans Petter Dahl, Viviane De Muynck, Downey Misha, Faure Julien, Funaya Yumiko, Benoît Gob, Maarten Seghersm Eléonore Valère, Inge Van Bruystegem.
Bélgica
Duración: 2 horas
Esta obra se presentó exclusivamente el 7 y 8 enero en el Teatro de la Universidad Católica.
Foto: Stgo a Mil

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