Revista Intemperie

El Taller, de Pablo Manzi

Por: Federico Zurita Hecht
el taller

En El Taller hay personajes encerrados, desmemoriados y que gesticulan más de lo normal. Federico Zurita fue a ver esta obra y cree que el montaje es la fabulación de una sociedad que olvida. Con esta crítica, Intemperie inaugura la cobertura del Festival Internacional Santiago a Mil.

 

En medio de espectáculos provenientes de lugares tan diversos como Polonia, Bulgaria, Rusia, Bélgica, Canadá, México, Brasil, Perú, Colombia o China –sólo por nombrar algunos–, y de espectáculos callejeros que convocan a grandes multitudes más por el color y el ruido que por los discursos en suspensión, la prensa local puede dedicarse a gastar minutos y palabras en repetir comunicados de prensa y señalar impresiones monótonas, poco claras y en algunos casos imprecisas, sobre estas mediáticas obras. Sin embargo, la heterogeneidad de un Festival como Santiago a Mil permite que junto a estos montajes –que en ningún caso constituyen una visita innecesaria–, convivan otras propuestas poco atendidas por los medios, montadas en pequeñas salas y que buscan –con dispar éxito en cuanto al uso de los símbolos– hablarnos directamente de cómo nos constituimos como sociedad. Este es el caso de la obra El Taller, escrita y dirigida por Pablo Manzi, que se está presentando en el más pequeño de los escenarios de la Sala Sidarte.

En El Taller un grupo de jóvenes se subordina a la rutina bajo el régimen organizado por una coordinadora que está al borde de perder la paciencia. Se trata de cautivos que no comprenden las razones de su encierro y mucho menos recuerdan qué los llevó a ese lugar. En medio de este panorama inevitablemente se desatan los conflictos entre los que viven el encierro. Las conductas de los cautivos parecen exageradas, al igual que las actividades terapéuticas de la coordinadora, pero nadie parece percibir esos excesos. A esto se suma el habla popular que se realiza con una gesticulación igualmente exagerada, como si se tratara de una impostura. Con esta ausencia de naturalidad la coordinadora se impacta –pero nada hace al respecto– de que muchos otros lugares como ese se estén abriendo por todo el país.

Esta fabulación nos ofrece dos asuntos que destacan y que se vuelven relevantes a la hora de intentar comprender los juicios expuestos por el montaje. Estos son el encierro y la incapacidad de recordar. La idea entonces es pensar cómo estos dos elementos pueden constituir, en medio de esta trama, una representación de nuestra realidad social. No resulta curioso darse cuenta de que estos dos elementos integran, de alguna forma, el contexto social en que esta obra es producida. Identificamos, entonces, una necesidad de fabular para discutir con rasgos característicos de nuestra condición de comunidad nacional.

El Taller, con sus desmemoriados personajes, nos recuerda que no recordamos. Como espectadores, con la precariedad del que –al igual que estos jóvenes encerrados– ha olvidado, podemos comenzar a recordar los cuestionamientos a la memoria y a la historia que ciertos sectores del poder han insistido en instalar en los últimos treinta y muchos años. Frases antiguas como “olvidemos el pasado y miremos al futuro” o decisiones como disminuir las horas de historia en la Enseñanza Media, aportan a la materialización del contexto en el que se produce la obra El Taller. Es a partir de este olvido que surge el encierro, y con este condimento el cautiverio no puede ser cuestionado. En la imposibilidad de recordar, los cautivos no reconocen que aquello que se presenta como natural e inevitable –el encierro– no lo es. Mientras tanto, los centros o talleres crecen como callampa y aún el intento de escapar podría ser inútil. ¿No sabe, acaso, que usted puede pararse e irse de esta estructura que lo mantiene aprisionado, endeudado e inconsciente? En medio del olvido impuesto, esa opción puede parecerle, al igual que a los personajes de El taller, algo impensado.

El final de los acontecimientos, con su ocurrencia inesperada, se presenta ambiguo. Esto es un final abierto, podría decirse. Sin embargo, más bien parece que no se define entre dos posibles opciones simbólicas que, incluso podrían ser opuestas. Eso precisamente es un final abierto, podría insistir cualquiera. ¿Y para qué un final así? Sucede que una de esas opciones simbólicas correspondería al final propio de una obra propositiva, que busca interpelar al espectador llamándolo al movimiento. La otra correspondería a una reorganización del mundo que, con la instauración del conflicto de la obra, se presenta desorganizado. Es decir, un final feliz. Si una propuesta artística que surge de la denuncia desea proponer una apertura en las posibles lecturas, no tiene sentido que una de esas opciones corresponda a una recomposición del mundo. De esa forma, el intento de subvertir el objeto de la crítica a través de la formulación de discursos emergentes se anula y pierde valor.

 

El Taller

Dirección y dramaturgia: Pablo Manzi
Compañía: La Señora
Elenco: Gabriela Arroyo, Luis Felipe Castillo, Carlos Donoso, Andreina Olivarí, Mirta Traslaviña, Franco Toledo y Felipe Olivares
Fecha y hora: del 5 al 23 de enero, de miércoles a domingo a las 22:00 hrs.
Lugar: Sala Sidarte. Ernesto Pinto Lagarrigue, 131. Barrio Bellavista. Recoleta
Foto: Stgo a Mil

2 Comentarios

  1. Juan Andrés dice:

    Me parece interesantísima la crítica, pero debo hacer dos observaciones…
    1. ¿Por qué no poner al final al músico Camilo Catepillán y a los diseñadores inegrales, entre los que me incluyo en la ficha que adjuntas al final de la columna? Lamentablemente la critica -desde el Mercurio a los blogs más under, parecen olvidar la importancia de las áreas que no son tan “evidentes” como la dramaturgia y la actuación. Refleja un poco la ignorancia que existe en el país respecto a nuestras áreas de trabajo, el diseño teatral sobre todo.
    2. Lo otro es que hay una sala -aun- más chica en el Sidarte.

    Saludos
    Juan Andrés Rivera
    Diseñador Teatral
    Los Contadores Auditores

  2. Camilo Catepillán dice:

    Conforme a lo anterior descrito. Reivindicación amable, sin ánimos de pendencia.

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