Revista Intemperie

La ficción paranoica de Piglia

Por: Héctor Rojas Pérez

En Blanco nocturno, hablar de tres dimensiones parece una niñería: la última novela de Piglia presenta tantos espacios como versiones del crimen que narra, dejándonos encandilados. Héctor Rojas cree que esta historia es el comienzo de la ficción paranoica.

 

Las tres dimensiones que nos asombran en el cine hoy en día son superadas ampliamente por la polidimensionalidad presente en Blanco Nocturno, la última novela del narrador argentino Ricardo Piglia; y a la vez estos múltiples espacios se contraponen a la funcionalidad necesaria para construir un relato policial (que requiere de un crimen, engaño, investigación y desenmascaramiento). En esta novela, en cambio, el autor  nos propone una nueva forma de abordar un crimen, con lo que  viene a refrescar el ambiente literario de su Argentina novelada que no tenía acción policial desde el año 1997 cuando publicó Plata Quemada. Y la espera valió la pena. Debo confesar que  si Anagrama no lanzaba este libro, me rendía desesperanzado y me iba a la sección de autoayuda, o me limitaba a las versiones cinematográficas de novelas muy vendidas. Por fortuna, Blanco Nocturno enceguece esos impulsos de lector suicida presentándome un crimen necesario, la herida de la falta de justicia literaria.

En esta novela nos encontramos con un crimen, y dos o tres otros crímenes menores, algunas muertes quizás vinculadas, una relación entre las hermanas Belladona que comparten al puertorriqueño Tony Durán, un pueblo atrapado en el campo, un japonés víctima del enamoramiento del mismo hombre que disfrutaban las hermanas Belladona, la llegada de la prensa y un viento de pueblo que lo borra todo. En realidad, Blanco Nocturno, al contrario de una tradicional historia policial, es el ocaso de la utopía de justicia, una justicia que es un relato tan inverosímil como aceptable, igual que el origen del mundo, la mitología o la ciencia. La justicia es un relato necesario, una forma de entender algo y seguir, así lo es todo en la novela policial, en que la muerte es la finalización de una búsqueda, el crimen es la motivación, hay culpables y víctimas. Pero nada de eso es en realidad Blanco Nocturno.

Ricardo Piglia no tiene la posibilidad de retroceder en el tiempo y escribir la primera novela policial de Latinoamérica, tampoco pretende -presumiblemente- instalar por primera vez en el campo al gaucho como un sujeto que contradice al hombre promedio que vive en Buenos Aires. Piglia, más bien, parece buscar escribir la última novela policial sin apellido, es decir, una novela que se sostenga únicamente en el conflicto de resolver un crimen. Blanco Nocturno nos ha conducido al siguiente nivel para la supervivencia del género policial, la ficción paranoica, tal como reflexiona su ya conocido personaje Emilio Renzi, el mismo que hace de puente con las novelas policiales anteriores, no paranoicas por cierto. Pero, ¿qué es Blanco Nocturno, sino una escritura paranoica interminable? en la que “todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos”. Veamos. Tenemos personajes errantes – aunque Sofía Belladona se mueve con seguridad por el pueblo-, personajes con visiones opuestas y contradictorias, en algunos casos por intereses y en otros, simplemente por ocupar una perspectiva distinta de lo acontecido. Cada perspectiva, defiende y define a su dueño, por tanto, es subjetiva y está lejos de ser justa. Es así como la misma Sofía Belladona reflexiona: “Imagínate un matemático que descubre que dos más dos son cinco y para que no crean que se ha vuelto loco, tiene que adaptar, a su fórmula, todo el sistema matemático donde, por supuesto, dos más dos no son cinco, ni tres”. Este tipo de argumentos, en voz de los personajes presentan la necesidad de pertenecer o de ordenar, ordenar al menos el caos, asegurarse de que siga estando ordenadamente no ordenado. El matemático no puede atentar en contra de su pertenencia a la ciencia, así es que prefiere atentar en contra de su razonamiento, acribillarlo y olvidar que existió. La mujer, las Belladona, por ejemplo, necesitan validarse en relación a la imagen que pueda representar su madre, una madre que abandona y se vuelve a Irlanda; ellas, si tuvieran hijos, también los abandonarían, declaran en conversaciones. El japonés, Yoshio, podría ser la excepción: no debería ser sospechoso y por eso instala la duda.

Blanco Nocturno es el testimonio de un crimen gráfico no resuelto que se satura por la luz que le llega. La evidencia estaba ahí, a diferencia de cualquier declaración de los personajes o sentencia judicial, los dólares fueron encontrados, el cuchillo, el cuerpo, y aun así no sirve de nada, el relato con o sin evidencia es un relato, pero no lo relata su autor (se dice que nunca es así), ni un narrador encargado, más bien, todos cuentan una versión y entre tanto relato superpuesto sobre otro ya no se distingue nada. Blanco Nocturno, más allá de convertirse en la nueva novela paranoica de la literatura argentina, es la novela no novela, donde el crimen debe resolverse por un protocolo judicial, así, sin justicia pero con sentencia. Eso es lo que sucede en la vida, es por eso que Piglia despoja a la novela de lo novelesco, dejando solo una paranoia literaria, como la paranoia que cualquiera podría tener al enfrentarse a la encrucijada policial. La evidencia estaba ahí, pero nadie podía verla, seguramente porque permanecemos encandilados por la luz ciega de este Blanco Nocturno. Las cosas ya no suceden como sucedían antes, por lo mismo, tampoco se resuelven de esta manera y es precisamente Emilio Renzi quien debe conformarse con la nueva forma de justicia, aquella que ha dejado atrás lo novelesco: “Vos leés demasiadas novelas policiales, pibe, si supieras como son verdaderamente las cosas… No es cierto que se pueda restablecer el orden, no es cierto que el crimen siempre se resuelve… No hay ninguna lógica”

 

Blanco nocturno

Ricardo Piglia
Barcelona, Anagrama, 2010

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