Revista Intemperie

Maternidad monstruosa

Por: Nicolás Poblete
margaret

En el cuento Dando vida de Margaret Atwood,  encontramos un relato enloquecido que busca palabras y finalmente se queda corto al intentar decir lo que quiere. De esto, de dar vida y de los límites entre realidad y ficción, reflexiona Nicolás Poblete.

 

Repasando materiales para uno de mis cursos vuelvo a caer, con renovada sorpresa, en la lectura de “Dando vida” o “Dando a luz” (según se quiera traducir “Giving Birth”), relato contenido en Chicas Bailarinas, el primer volumen de cuentos de la canadiense Margaret Atwood (Ottawa, 1939).

Atwood es uno de los nombres recurrentes a la hora de hablar del premio Nobel y no ha pasado inadvertida al momento de ser considerada para otros galardones. En el 2008 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y en el 2000 ganó el prestigioso Booker por su impactante novela El asesino ciego. Atwood goza tanto de prestigio como de popularidad. De hecho, cuando se habla de escritores en el género de ciencia ficción, Atwood (y también Doris Lessing) salta al instante como referencia crucial, con novelas notables como El Asesino ciego, Oryx y Crake y, más recientemente, El año del diluvio.

Pero de la extensa y sólida obra de la canadiense me gustaría destacar la última narración contenida en Chicas Bailarinas, que editorial Lumen publicara por primera vez en 1977, curiosamente un año después de que la misma autora tuviera a su hija. No por este detalle debe entenderse que el mencionado relato es autobiográfico o un testimonio de lo que significa dar a luz. Tampoco es un transplante parturiento hacia lo literario. Es, más bien, una ficción enloquecida que intenta medir los alcances de las palabras para nombrar experiencias que sobrepasan lo verbal.

El relato comienza con la enigmática pregunta: “¿Quién da vida? ¿A quién le es dada la vida? ¿Por qué hablar de este modo cuando el nacimiento es un evento, no una cosa? ¿Por qué no existe la expresión corolario, ‘dando muerte’?”, para luego cuestionar la manera en que expresamos acontecimientos que pueden parecer obvios pero que chocan con una muralla de incomprensión al ser contrastados con cimentaciones similares: “Quizá la frase fue inventada por alguien que sólo atestiguaba el resultado… Es el lenguaje, murmurando en lenguas arcaicas…”.

El cuento enfrenta la polaridad que existe entre la madre feliz y la que se encuentra atrapada en un hospital, a merced del discurso médico, y que no ha querido quedar embarazada. Ambas voces habitan el mismo cuerpo femenino en una suerte de ping-pong esquizofrénico: mientras una organiza los preparativos para recibir al bebé, la otra (una suerte de alter ego) delira con el dolor e imagina funestos escenarios. Una imagen difícil de olvidar es la que recuerda la narradora cuando se pregunta si es posible morir en un parto; la voz narrativa intenta dimensionar el nivel de dolor que está viviendo y revela cómo los nazis ataban las piernas de las mujeres judías a punto de parir. La judía sufriente es y no es la mujer que está experimentando este parto.

De este modo, dar vida, crear vida (tal como algunos escritores homologan el publicar un libro con tener un hijo; tal como Mary Shelley dijera en su famoso prólogo de Frankenstein, “esta novela contiene un monstruo, y este libro es mi monstruo”), se transforma en un elusivo experimento para dotar a las experiencias de un lenguaje que esté a la altura de ellas; un intento que lamentablemente falla

Atwood crea un universo que interpela al lenguaje y a la relación entre ficción y realidad. Lo que hay detrás de este nacimiento y de todo parto, es la certeza de que “nacer”, y “morir” son fenómenos humanos que no se pueden transmitir pertinentemente a través del lenguaje. En un momento la voz dice: “Cuando no hay dolor ella no siente nada, cuando hay dolor, ella no siente nada porque no hay un ella. Esto, finalmente, es la desaparición del lenguaje”. “¿Quién da vida? ¿A quién le es dada la vida?”, se pregunta la voz narrativa. Y la voz cree que ciertas cosas tienen que volver a ser nombradas, que las denominaciones deben ser pulidas y re-significadas, por más difícil que sea la empresa: “Estas son las únicas palabras que tengo, estoy adherida a ellas, en ellas”.

“Dando a luz”, “Dando vida” es, al fin y al cabo, un cuento de terror, pues el terror surge cuando el individuo es incapaz de pensar en forma racional, como atestiguamos al leer los relatos de Edgar Allan Poe, por ejemplo. El terror, lo ominoso (esa sensación en que se suspende la razón, aquello que dio título a uno de los ensayos más importantes para entender la literatura de terror, escrito por Freud), es todo lo que, destinado a permanecer oculto, secreto, ha salido a la luz. Eso es lo que experimenta la mujer después de parir. En un momento de epifanía y revelación, ella mira a través de la ventana el edificio del frente y, a pesar de ser una estructura sólida, tiene la impresión de que está hecho de agua: todas sus certezas se han desvanecido. Todo lo sólido se ha derrumbado. O, parafraseando a Marshall Berman, quien a su vez parafrasea a Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Y, sin embargo, el ‘karma’ del escritor es seguir en la empresa (acaso fútil) de re-significar y de re-nombrar y de re-ciclar, pues, tal como se lee en este soberbio e inspirador cuento: “Estas son las únicas palabras que tengo”.

La última novela de Margaret Atwood El año del Diluvio, fue editada por Bruguera a mediados del 2010.

 

Foto: George Whiteside

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