Revista Intemperie

Paseos solitarios

Por: Francisca Lange
juana

La pulcritud y cuidado con que el poeta Gabriel Silva explora los espacios cotidianos, la tristeza y retrata la ciudad -no como algo acabado, sino misterioso, al estilo de Blow Up-, son los elementos destacados en Juana de Lestonac, la última publicación de Silva, comentada aquí por nuestra crítica, Francisca Lange.

 

Juana de Lestonac es el segundo libro de poemas de Gabriel Silva (Santiago de Chile, 1974). La primera edición de este libro se realizó bajo el sello editorial español Dilemas en 2006. Este año, Libros La Calabaza del Diablo lo reedita en Chile.

Este pequeño volumen recoge el tono y el objeto de Números del Reo, libro anterior de Silva. A diferencia de este, construye un recorrido en que el sujeto de la escritura se enfrenta al espacio cotidiano -la casa- como un escenario, pero también a un interlocutor resistente, quien pone de manifiesto que el lugar donde el ser habita es un desplazamiento con tiempos propios: “La casa ha quedado vacía / el silencio se acomoda / en las otras habitaciones”.

Juana de Lestonac es el nombre del libro, también el de una santa y el de una calle, en la cual suponemos que está la casa vacía donde transita (o transitó) un sujeto silencioso y anónimo que se desplaza mediante una serie de movimientos espaciales, temporales y verbales que evidencian una derrota pausada y reflexiva, cuya soledad se deja ver a través de la constatación de caminos equívocos. Es posible, entonces, que este sujeto sea también la sujeto, que esa Juana habite la casa o sea quien la haya abandonado, o bien, sea la ausencia de un nombre la que cargue con los síntomas de la desaparición. Porque Juana de Lestonac se despliega como un block de notas o un diario íntimo donde quedan los restos de un(a) sujeto cuya melancolía se abre a la soledad de un o una cualquiera. Y es tal vez lo que me interesa destacar de esta escritura: su buscada sencillez (que no es simpleza), es decir, pulcritud en el lenguaje, así como sus sesgos universales los que al mismo tiempo son íntimos, tan íntimos como los de cualquiera de nosotros. Una muerte anunciada que no es muerte, intervenida por  dos imágenes intercaladas en el texto, dos mapas que permiten trazar los espacios vacíos que sirven de tránsito a ese desconocido habitante de la casa. Y ese habitante es también otro, porque quien habla en el poema es una voz neutra, observante y constatadora cuya cuidada simetría es uno de los logros importantes de este libro.

Si Juana de Lestonac funciona como el registro de una contenida tristeza, también lo hace como una reseña urbana porque es la ciudad que, si bien, aparece fijada por el nombre de una calle, puede ser cualquiera donde habita el solitario. La casa, la calle y sus demarcaciones se imponen como rutas de un sujeto cuyo aparente estado contemplativo no hace otra cosa que contener la soledad contemporánea. Si bien, esto último es un lugar común e, incluso, puede ser una siutiquería, el trazado del libro de Silva la resignifica desde la contención en tanto el espacio; la calle y las paredes se movilizan junto a un hablante que da cuenta de la monotonía y la conciencia extrema de dichas precariedades. Es difícil hablar o escribir sobre la angustia, la soledad, la tristeza, sin que se transforme en una declaración excesivamente emotiva. Por el contrario, pienso que en este libro se trabaja el lenguaje, la anécdota y el espacio adaptados a él, es decir, el lenguaje se hace de esas texturas inenarrables manteniendo siempre la distancia justa y pertinente frente a la descripción; como un itinerario que emula irónicamente un instructivo y que funciona como máquina fotográfica, una máquina análoga que registra momentos cotidianos y que incluso supone una historia después del revelado (y cuando señalo esto estoy pensando en el conocidísimo cuento de Julio Cortázar “Las babas del diablo” y la película que inspira a M. Antonioni, Blow Up):“Lo que siempre estuvo allí // donde inmóvil se agita // incluso // antes que la casa fuera habitada // la sospecha -de que algo- // como la aparición frente al espejo // en la ventana / una calle se cruza / con la vida”.

En este camino también aparece otro tópico rearticulado: el cuerpo como casa del hombre. Si la rutina humana es, de cierta forma, impuesta por su entorno (en este caso la ciudad), las posturas corporales, la piel, e incluso, las enfermedades, dibujan la anatomía humana. Dentro de un cuerpo y dentro de un espacio no escogido, el solitario de este libro se moviliza inserto en una camisa de fuerza y el hablante-fotógrafo le sigue de cerca, lo espía quizá buscando lo extraordinario que no llega nunca. Porque el hombre (o Juana) de una página a otra dejan de estar y aparece el voyeur o el que escribe lo que registró el voyeur y se permite salirse de madre y gritar, como Rodrigo Lira en “Grecia 907, 1975″, que la pasividad rutinaria solo puede ser desarmada por medio de la voluntad, el poema final se da la libertad de intervenir la rutina y en un gesto molesto o desesperado finiquita: “la casa debe ser destruida / desde su interior”.

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Juana de Lestonac

Gabriel Silva.
La Calabaza del Diablo, 2010.

Aquí la presentación del libro Juana de Lestonac, de Francisca Lange, 16 de diciembre de 2010.

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