Revista Intemperie

Poco más que cero

Por: Francisco Díaz Klaassen
suites

De cualquier manera: fijándonos en la trama, comparándola con otras obras de su autor o como secuela de Menos que cero. Francisco Díaz nos asegura que de cualquier forma en que la leamos, Suites imperiales es un retroceso en la carrera de Bret Easton Ellis.

 

Que se me ocurran ahora, hay tres maneras de leer Suites imperiales, del escritor norteamericano Bret Easton Ellis. La primera, acaso la más obvia, la que tendría que darse por descontado en cualquier análisis, crítica o comentario “serio”, es aquella en que se la reconoce por su valor intrínseco, por sí misma, como novela, tratando de desconocer a su autor, a todo lo que lo rodea, y a todo lo que nos rodea a nosotros en relación a él. Sospecho que estarán de acuerdo conmigo cuando la señalo, en este caso, como la más aburrida, la con menos morbo. De todas maneras, digamos algo de esta lectura: Suites imperiales no es una gran novela. Aunque a ratos resulta atrayente y se deja leer, como reza el tópico, es en definitiva un libro que hiede a moralina y que, ignorando las referencias tecnológicas que lo sobre-pueblan, parece sacado directamente de los decadentes años 80 de Reagan. Un libro anacrónico, que da la impresión de estar más preocupado de denunciar —lo que ya es grave, pero se agrava aún más al ser la denuncia de algo que ya no sorprende a nadie—, más preocupado de denunciar, como decía, que de contar una historia. Una historia, por cierto, que no es mala (por sí sola, insisto), y de la que se podría haber sacado más provecho.

Una segunda aproximación al libro tendría que forzosamente tomar en cuenta algunos hechos: 1. Fue Bret Easton Ellis quien escribió Suites imperiales y no otra persona. ¿Quién es él? Enfant terrible (algo caduco, hoy) y eterno incomprendido de las letras norteamericanas (uno de sus mejores libros, Glamourama, está aparentemente descontinuado en español; el peor, Los confidentes, inspiró una película). 2. Le anteceden, en orden cronológico, Lunar Park; Glamourama; Los confidentes; American Psycho; Las leyes de la atracción; y Menos que cero. Ni el orden ni el autor son irrelevantes, de acuerdo a este ángulo. De hecho, la crítica que le hiciera en el párrafo anterior, sólo por ser quien es, se multiplica: nunca antes, ni siquiera en American Psycho, se habían cuestionado tanto las motivaciones de uno de sus protagonistas, criticado tanto sus acciones. Da lo mismo que sean o no insinuaciones autobiográficas; pocos libros sobreviven más allá del tercer «¿Por qué eres así?».

Para el que haya seguido con atención la carrera de Easton Ellis, hay elementos recurrentes en todos sus libros. Y no me refiero sólo al estilo (impersonal, minimalista, sin emoción… como quieran llamarle ustedes). Me refiero también a los temas que maneja, a la aparente desconexión de sus personajes con el mundo que los rodea, a su a ratos enervante falta de entendimiento respecto al engranaje o funcionamiento de las cosas, y a una apatía sostenida a punta de tranquilizantes y alcohol. Y también al sexo duro y a los famosillos y a las disquisiciones interminables sobre cultura popular. Pero hay otra cosa, además. Y a eso me refería con la importancia del orden de sus libros. En mi modesta opinión, hay un quiebre en la obra de Easton Ellis después de American Psycho (ni siquiera voy a considerar la existencia de Los confidentes, porque es el típico producto vomitado después de la resaca que trae consigo algún gran éxito, como en este caso lo fue American Psycho). En ese libro, y contando los dos anteriores, Easton Ellis agotó las posibilidades de su ficción. Llevó esas características que he expresado hasta el límite y después parecía que sólo sería capaz de producir remedos auto-paródicos (y voy a ser majadero con esto: Los confidentes; no lean ese libro, no lo compren; ni siquiera lo miren). Sin embargo, llegó de repente (no tan de repente) Glamourama, novela incomprendida, novela monumental, novela que en el peor de los casos se merece el calificativo de interesante. Y aquí viene lo más importante, creo: Easton Ellis parecía estar madurando, generando una especie de reflexión en torno no tanto a los temas que estaba produciendo (aunque se dice que es la primera de sus novelas que tiene trama) sino que a la manera de producirlos, a la construcción de sus libros. Glamourama, por ejemplo, durante largos pasajes se sostiene apenas sobre un hilo de coherencia, sobresaturada por informaciones contradictorias y aparentemente absurdas, amenazando con el descalabro total, que uno nunca sabe si llega del todo a sortear. Pero sí hay una sospecha: Easton Ellis lo sabe. Él es el dueño de los hilos y él quiere generar esa confusión y ese aparente caos y esas presuntas incoherencias. Lunar Park vino a confirmar esta idea, incluso de manera literal (es el primero de los libros de Easton Ellis que no transcurre en el “universo” de los otros, donde los personajes se repiten de libro en libro; es el primero en estar escrito en pasado, etc.).

Impecablemente armada, la novela juega con un recurso que estaba bastante en boga en ese entonces (y ahora también): el relato “real”, que conjuga realidad y ficción (de la misma manera en que lo había hecho un par de años antes Javier Cercas con La velocidad de la luz, o, antes aún, José Donoso con Taratuta), presentando una biografía ficticia de sí mismo aderezada con dosis de hechos veraces y comprobables (el Easton Ellis del libro había publicado los mismos libros que el Easton Ellis real, tenía la misma edad, etc.). La falsa memoria eventualmente deviene en relato de horror, con casa encantada incluida. E Easton Ellis demostró que seguía en control. Lamentablemente, no sucede lo mismo con Suites imperiales. Y eso que el principio del libro es engañoso y parece apuntar a los mismos efectos postmodernos de su novela anterior, comentando Menos que cero y la horrible adaptación cinematográfica que se hizo de esa novela. Sin embargo, el mecanismo aquí es inconsistente, apenas una distracción que dura tan sólo unas pocas páginas y que pronto desaparece sin más. Lo cierto es que ni siquiera el estilo típico de escritura de Easton Ellis funciona, ya que sólo a ratos consigue mostrarse sin emoción; en otros se vuelve, irónicamente, efectista. En fin. La ambición que muestra en Glamourama y en Lunar Park no logra siquiera insinuarse, y al final Suites imperiales se vuelve su trabajo más plano en años, sólo comparable al conjunto de cuentos que ya he criticado repetidas veces en estas líneas. Un marcado retroceso (ni siquiera estancamiento) en la línea ascendente que estaba mostrando Easton Ellis.

A la tercera y última manera (que se me ocurre a mí) de leer el libro la veo como una especie de corolario de las conclusiones que trajeron las otras dos: Suites imperiales es la secuela de la primera novela de Easton Ellis, Menos que cero. ¿Funciona, si se la lee como su secuela? No voy a decir que no tiene puntos en común con ese libro, además de los títulos (ambos tributan a discos homólogos de Elvis Costello). Hay una cierta simetría (el final de un viaje, el retorno a Ítaca) y una cierta sincronía (el personaje de Blair). El problema es la evidente artificialidad de ambas. La única razón por la que los personajes de este libro son consistentes con los de su antecesor, además de sus nombres, es que, de una u otra manera, todos los personajes de Easton Ellis son iguales. En ese sentido, este libro es una secuela tanto como lo es cualquiera de los otros. Y eso no basta, porque si bien, como ya dije, la novela comienza haciendo ciertas referencias a Menos que cero y a su carácter como obra de ficción, pronto (en la página diez, o quince) desaparece todo ese juego de espejos y ya no se lo vuelve a mencionar, lo que resulta sospechoso cuando uno considera que Suites imperiales vino a publicarse cuando se celebran los veinticinco años de la aparición de Menos que cero. Como si hubiera sido insertada a la fuerza esa coincidencia. Es de esperar que eso no sea un triste vaticinio para las otras secuelas literarias que se han anunciado para el año que viene, y que también habrán de caer —vaya sorpresa— en aniversarios redondos.

 

Suites imperiales

Bret Easton Ellis
Barcelona, Mondadori, 2010

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