Revista Intemperie

Otro sendero a la cascada

Por: Cristóbal Carrasco
El error, de Cesar Aira

 

Un escritor menor, o quizás un escritor mayor que no quiero recordar, dijo alguna vez, o quizás lo escribió, que toda novela jugaba siempre con encontrar un espacio, un pequeño espacio donde la historia se desarrollara a partir de ese lugar hallado a base de fuerza y fortuna. Y entonces, imaginé a un escritor como un obrero rompiendo paredes tapiadas con un taladro hasta que, por suerte, por suerte y por la convicción de saber que en un lugar de esa pared habrá un espacio, lo encuentra y penetra con el taladro hasta que no haya más que perforar. La novela que saldrá de aquello es siempre un misterio, decía el escritor menor, pero la certeza que puede controlar el escritor, reflexionaba,  yace en la búsqueda de ese espacio.

La metáfora anterior puede ser provechosa para explicar el nacimiento de una novela, pero eso sería un engaño, porque esta metáfora sirve para explicar muchas cosas, no sólo el trabajo de un novelista. No obstante aquello, es decir, no obstante a que el autor menor trate de engañarlos y, en consecuencia, yo también lo intente al repetir su frase, este año la única novela que me ha recordado esa comparación es El error, de César Aira, publicada recientemente por Mondadori y que acaba de llegar a nuestro país.

Aira, como pocos, o quizás como ningún escritor, puede ser comparado con un obrero. Hace algunos meses, y con ocasión de la publicación de otra de sus novelas – ha escrito 70 y ya este año ha editado tres-, el argentino dijo que le parecía inconcebible que los escritores no hicieran otra cosa que escribir y publicar. Y a eso se dedica Aira, a escribir, a escribir para publicar, como un peón destinado a su trabajo con la ceguera deliberada de quien sólo mira hacia delante. En ese intento, Aira siempre sale vencedor: es probable que su obra sea, como todas, fluctuante e inabarcable, pero ello no tiene por qué ser un defecto. De cualquier forma, las fluctuaciones no deben ser un problema del que escribe. Ese análisis es siempre posterior y, por lo tanto, innecesario a la hora de crear, e intuyo que Aira lo asume como premisa en el levantamiento de su obra.

Y por eso El error, novela que comienza con una puerta que se abre hacia un parque, tal cual nos muestra su portada, hace lucir a Aira como el mejor obrero encontrando espacio en las paredes: si el inicio de la narración se centra en el misterio que cubre a una pareja separada, su desarrollo se estanca en la visión de una pintura y la historia de aventuras de un pequeño héroe centroamericano. Y en ese ejercicio, Aira es genial: la forma en que maneja la tensión entre digresión y progresión del relato no es nueva (la pudimos notar, por ejemplo, en Varamo) pero sigue siendo igual de elegante y preciso.

Y por último, justo en el instante en que el hilo que recorre El error se volvió aquello que nunca creímos en un comienzo, el oficio de Aira logra que la historia tras la novela se convierta no en una puerta que se abre, no en una pared que se rompe, si no en un camino paralelo, o, como mucho mejor nos cuenta Carver  -ese poeta, ese gran poeta menor:  «Siempre quería truchas del arroyo para desayunar / y de repente / encuentro un nuevo sendero a la cascada». ¿Será el descubrimiento de ese nuevo camino el error que hay tras El error de Aira? No podemos saberlo. Ni los autores mayores ni los menores pueden saberlo.

 

El error

César Aira
Mondadori, 2010

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