Revista Intemperie

Julian Barnes temiéndole a todo

Por: María de los Ángeles Quinteros
Nada que temer, de Julian Barnes

 

Julian Barnes (1946) es un reconocido tanatofóbico y ateo precoz. Desde su niñez sospechaba y envidiaba a quienes podían acudir a un dios —o Dios— y poner en la idea de la vida de ultratumba sus esperanzas. Pero otra es la historia del Barnes, cuya preocupación obsesiva frente a la muerte lo llevó a escribir Nada que temer, título catalogado bajo el rótulo de novela, aunque más cercano al ensayo, cruzado de citas literarias, recuerdos personales y reflexiones bien articuladas sobre las disímiles posturas frente a la muerte, entre las cuales sobresalen los diálogos con su hermano, un filósofo y agnóstico fervoroso. Todo lo anterior está presentado en el libro con el particular humor de Barnes y sin la más mínima pretensión de entregarnos respuestas unívocas, pero sí, de despertarnos nuevas preguntas.

En Nada que temer Barnes dice echar de menos a dios, aun consciente de no saber con precisión qué extraña al afirmar tal cosa. Nunca perdió la fe porque nunca la tuvo, pero a pesar de esto es posible desprender que resiente la falta de un dios capaz de sobrevivir a la caída de los grandes relatos modernos, en definitiva, un dios posmoderno capaz de hacer un poco más comprensibles las horribles experiencias y contradicciones del siglo XX. Para esto echa mano a sus “hermanos” literarios, entre los cuales encontramos nada más ni nada menos que a Renard, Montaigne, Wittgenstein, Larkin, Pascal, Rabelais, Flaubert, Stendhal, Cicerón y varios otros; en suma, construye un verdadero pastiche de autores, lo cual no deja de ser, por cierto, muy posmoderno.

Lo que ocurre en este libro es una verdadera sustitución del temor a dios por el miedo a la muerte debido a la tendencia histórica de las religiones al autoritarismo y al fanatismo, ante lo cual se gesta un sujeto que ya no negocia con el misericordioso Dios del Nuevo Testamento, porque éste todo lo perdona. En su lugar, entonces, queda un individuo obligado a llevar un estéril monólogo con el enigma de la muerte, monólogo además eterno ya que su interlocutora “simplemente se niega a sentarse a la mesa de negociaciones”. ¿Y qué tenemos como resultado de la mencionada sustitución? Según Barnes lo que queda es el precario mito redivivo del carpe diem, porque por un lado las promesas de la vida eterna ya no son suficientes ni menos convenientes, y por el otro la muerte se avecina, tarde o temprano, de manera democrática. En palabras de Barnes, este nuevo mito alude al “paraíso secular moderno de autoafirmación, desarrollo personal, las relaciones que nos definen, los trabajos que nos dan posición, la acumulación de disfrutes sexuales, ir al gimnasio, consumir cultura”. De esta forma, el individuo contemporáneo se define por lo adyacente a él, maquillando el sinsentido con bellas ropas, casas y autos.

Barnes se sale de la fila, renunciando a las prototípicas y pendulares posturas ante la muerte: la macabra, dionisíaca y grotesca, desde un lado, o la mesurada y bella al estilo griego, que se observa desde la otra vereda. A Barnes tampoco le sirven los avances de la ciencia ni parecen consolarle las palabras de sus sabios “hermanos”. No, lo de Barnes es una esquizofrenia entre el desespero y la impasividad, rindiéndole, de paso, tributo a sus grandes influencias flaubertianas.

Citando a Montaigne, Barnes señala que, ante la imposibilidad de vencer a la muerte, la mejor manera de contraatacarla es teniéndola constantemente presente. Pues bien, el autor ha hecho de tal afirmación una filosofía de vida, según se puede apreciar en su libro de cuentos La mesa limón (2005) e incluso, en su muy bien criticado libro El loro de Flaubert (1984), donde el narrador paradójicamente contradice la nostalgia del autor respecto de una única y verdadera —o al menos verosímil— versión sobre dios, afirmando que prefiere “la certidumbre de la ignorancia, la brutalidad y la locura humana” antes que vivir en un mundo ordenado por dios, en el cual “Él estuviera todo el día mirando por encima de tu hombro”.

Nada que temer da para mucho. Indudablemente más que para estas 600 o 700 palabras. Lo cierto es que en su trágico peregrinaje a través de este, su último libro, Barnes entrega un excelente recorrido literario y personal a lo largo de las mortificaciones, cuestionamientos, divagaciones y lapidarias citas sobre la muerte.

 

Nada que temer

Julian Barnes
Anagrama, Barcelona, 2010

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