Revista Intemperie

Nadie sale vivo de aquí, lo mejor de Paz Soldán

Por: Cristóbal Carrasco
vivos

El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán se atreve a ambientar íntegramente su última novela en la sociedad norteamericana. Cristóbal Carrasco piensa que el resultado es su mejor libro hasta ahora.

 

«Primero muerto antes que perder la vida», gritaba el Presidente de Ecuador Rafael Correa hace un par de semanas en un despacho televisivo mientras su país se convulsionaba, parafraseando quizás las repeticiones interminables de la obra de Roberto Gómez Bolaños, aunque también forzando una metáfora recurrente: de alguna manera, el binomio muerte/vida se vuelve inexacto en ciertos estados y, por más que sea una declaración figurativa, siempre tiene algo de sentido.

Algo así debió haber pensado el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, residente en Estados Unidos desde hace más de diez años, cuando, en el año 2009, publicó su última novela, Los vivos y los muertos, título perfecto para relatar la historia de una pequeña ciudad de norteamericana –Madison– donde la abulia y el desamparo reinan tanto como la muerte. Desde el inicio, la trágica muerte de los gemelos Tim y Jem, adolescentes ejemplares de la escuela local, fuerza a los demás personajes a soportar la carga de su ausencia y generan la tragedia posterior de su relato.

Así, el espacio norteamericano resulta particularmente fecundo para la novela de Paz Soldán. De alguna manera, su larga estadía en el país del norte convierte al escritor boliviano ya no en un espectador extraño, sino en un miembro más de una sociedad que a los latinoamericanos nos resulta a veces más familiar que la nuestra. Esa combinación permite que la narración de Paz Soldán en Los vivos y los muertos sea casi indistinguible de cualquier otra novela americana, y las referencias a la cultura contemporánea de Estados Unidos –la relación insistente del Myspace, el deslumbramiento aséptico del Ipod y los Starbucks– no aparezcan como extravagancias, sino como íconos indistinguibles de nuestras vidas.

Pensada también como una novela coral, Los vivos y los muertos genera, en principio, un cuestionamiento sobre el duelo. Rhonda, uno de los personajes, lo describe así “La ciudad, siempre fantasmal, se había convertido en un cementerio. Nos habitaba una maldición, o quizás apenas la mala suerte. Pero pensar en la mala suerte era rebajar tanta desgracia a una cuestión de la casualidad. Era más digno, tenía más sentido trágico, pensar en un castigo divino o en un encantamiento infernal” y el intento de escamotear la mala suerte parece ser el eje de las recurrentes muertes en la novela.

Porque en Los vivos y los muertos, la muerte, aún en sus variantes más casuales, parece siempre estar dada por la deliberación y la voluntad de los personajes. Paz Soldán demuestra esto respecto a dos casos en particular: Webb, quien se erige como el personaje en quien se centran las cargas morales más negativas: regular consumidor de porno –interesante cómo Paz Soldán hace ver al porno como una forma de consumo equivalente a los productos Apple– e impaciente voyerista, Webb se mantiene apegado a la cheerleader Hannah, con quien construye una relación sentimental sobre la base de sus publicaciones en Myspace. Por otra parte, el personaje sindicado como Enterrador evidencia, en el fracaso de su amor no correspondido, que el hito marcado en Estados Unidos por el episodio Columbine no es un hecho aislado, sino un signo de los tiempos.

Importante es también Amanda, protagonista final de la novela y potencial narradora de la misma, quien cierra el círculo de muertes casi como driblando el destino de los demás personajes. En ese sentido, la novela del escritor cochabambino –escrita tres años después de su anterior obra, Palacio Quemado– es una reflexión constante sobre los duelos personales y las obsesiones contemporáneas, pero también un ejercicio narrativo donde la primera persona ejerce un rol menos autobiográfico –dado quizás por la neutralidad de la narración–  pero al mismo tiempo – y en este punto las referencias a la obra de Gordon Lish son más patentes– más cercanas en su simpleza.

En algún comentario sobre esta novela, Paz Soldán concluyó que la frialdad del lugar donde la escribió obligaba a tener esa sensación de muerte acechando, como si la paz de la pequeña ciudad de Madison conminara al crimen eterno de la novela. Si eso es cierto, la frase de Correa –en otro contexto, por supuesto–, lejos de ser inexacta, se vuelve perfecta para retratar esta atrayente historia, quizás la mejor de Paz Soldán hasta ahora.

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Los vivos y los muertos

Edmundo Paz Soldán
Alfaguara.

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