Revista Intemperie

Estrellas muertas o un cielo que se quema

Por: Constanza Ramírez
estrellas

Una historia trágica ambientada en la postdictadura de los ’90. Constanza Ramírez alaba la crudeza y dinamismo de la última novela de Álvaro Bisama.

 

Cuando me preguntaron qué tal la novela de Álvaro Bisama, respondí, casi sin pensar, “preciosa”, luego me di cuenta del espantoso lugar común en que había caído, y por supuesto, de lo equivocada que estaba: la novela de Bisama, Estrellas muertas no tiene nada de preciosa, es gris, tan gris como el color de la fotografía que da pie a la narración y es triste, de esa tristeza que da la derrota y no la añoranza.

La novela se abre con dos personajes, el narrador y su pareja, reunidos en el café Hesperia para finiquitar los detalles del divorcio. En aquel espacio o espera, verán en el diario La estrella de Valparaíso, la foto de una ex militante comunista, Javiera, compañera de la mujer del narrador. El hallazgo de este rostro, desencadenará el último diálogo de la pareja, enfocado en el decir de la mujer, que se dedicará sólo a reconstruir la historia de la militante, siendo ella misma el sujeto tangencial de su propio relato. De esta manera, aquello que contará la novela, será la historia de Javiera, quien en los años 90, luego de las experiencias traumáticas de la dictadura, retorna a la universidad, conociendo ahí al Donoso, joven con el que mantendrá una relación, precaria y difícil.

Desde aquella escena inaugural (lugar de enunciación de toda la novela) se puede trazar la atmósfera que teñirá Estrellas muertas, en tanto que el encuentro se sitúa “en esos días en que los bosques de Laguna verde se estaban quemando y el viento que venía del sur lanzaba el humo negro sobre el horizonte de los cerros. Con ese cielo oscuro sobre el puerto yo no dejaba de pensar en que esas cenizas que flotaban en el aire podían ser parecidas a la de los hornos de un campo de concentración”. Pero no lo eran y de eso se trata la novela, de la Historia que vivieron otros, que podrían haber sido ellos, pero no lo fueron, porque estaban en otro tiempo, en otro espacio y porque la Historia, finalmente, es algo le pasa a muy poca gente, y el resto, bueno, el resto se reserva en el palco de los que miran, tal como lo expresa la mujer “la vida de la Javiera era una especie de fábula”, a la vez que se plantea “¿Qué podía contar yo? Mi historia era la de todos.”

La “historia de todos” es la historia de los noventa, marcada por la muerte de Kurt Cobain, el punk y los remedios para la tos (una droga de fácil acceso y poco glamour), en este sentido, Estrellas muertas reconstruye, finalmente, la voz de quienes vivieron la adolescencia en la posdictadura, aburridos y sin mucho que hacer, observando los ideales ajenos de héroes o mártires, posturas que se vuelven discurso vacío, en la medida que la Javiera no es más que un estereotipo de las figuras militantes. Ella podría ser cualquiera, con la juventud perdida y una herida imposible de cerrar.

Desde esa mirada, la estrategia narrativa sustentada en el decir (relatar de la mujer y el narrador) resulta bastante acertada, en la medida que configura la historia desde la subjetividad anónima e insignificante, reconstruyendo además, el ritmo del decir oral que recuerda, apenas, datos sueltos (aunque parezcan precisos) que intentan rearmar una memoria coherente. Este esfuerzo se corrobora, además, en la estructura fragmentada, como si reprodujera los silencios de la conversación. Estos recursos, hacen que la novela se desenvuelva rápido, sin que llegue a ser monótona o agotadora.

En estos trazos que he nombrado, volvemos a reafirmar la imagen del cielo que se quema, estampa apocalíptica que dará cuenta más que de un fin, de la disolución, tanto del divorcio, como de la Javiera y el Donoso. De esta manera, Estrellas muertas es una novela que se abre con lo que se destruye, desechando las defensas o reivindicaciones, propias de un relato de la memoria, y así, simplemente, estamos frente a un decir que da cuenta de la propia insignificancia; y eso no, no es precioso, pero está bien, muy bien.

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Estrellas muertas

Álvaro Bisama
Alfaguara, 2010

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