Revista Intemperie

Ana Karenina revisitada

Por: Sergio Missana
Leon Tolstoi

 

En 1873, en una carta a un amigo, León Tolstói declaró que estaba escribiendo su primera novela, la obra que iba a llevar por título Ana Karenina (1875-77). La aseveración era enigmática ya que, en la década anterior, Tolstoi había publicado la monumental Guerra y paz (1865-69), una suerte de summa de las posibilidades del género. En la Rusia del siglo XIX existía, sin embargo, una noción restringida de la novela como una suerte de subgénero dentro de la ficción narrativa extensa, que implicaba la adopción de un tono realista y el desarrollo de conflictos familiares y amorosos en un entorno burgués.

En el prólogo a su traducción de 2000, ganadora del premio PEN/BOMC, Richard Pevear (quien, junto a su esposa Larissa Volokhonsky, ha producido en las últimas dos décadas las versiones “definitivas” en inglés de las principales obras de Tolstói, Dostoievski, Chéjov, Gogol, Búlgakov y Pasternak) subraya que la publicación en la década de 1870 de una novela burguesa centrada en un triángulo amoroso era una provocación, no tanto por tocar un tema escandaloso, sino por ser un gesto desafiantemente conservador. En efecto, la misma novela de Tolstoi propone, sin detenerse mucho en el punto, dándolo por sentado, que la infidelidad no era una falta grave ni mucho menos excepcional entre las mujeres de la alta sociedad rusa: el destino de su heroína está determinado más por su tortuosa negativa a mantener una apariencia de decoro que por su trasgresión sexual.

Se ha señalado que no es casualidad que dos de las cumbres de la novela del siglo XIX, Madame Bovary y Ana Karenina, giren en torno a mujeres adúlteras. La literatura habría intuido y reflejado una crisis de la civilización occidental que (tal como iban a postular Ibsen en Casa de muñecas de 1879 y Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado en 1884) se desfondaba en el nivel de su institución más básica, su eslabón más débil: la familia. El motivo del adulterio femenino sería retomado por novelistas como D. H. Lawrence y Ford Madox Ford.

La memorable heroína de Tolstói, Ana –hermosa, sensible, carismática, rodeada de un velo de misterio–, parece actuar como un catalizador que refleja el sinsentido de las vidas ociosas de su entorno aristocrático, del mismo modo que los esfuerzos del co-protagonista de la narración, Konstantin Levin, en la administración de su hacienda, revelan de manera especular y paradójica el sinsentido de las vidas esforzadas de la clase campesina: “Siempre siento que no hay una verdadera economía en mi trabajo agrícola –declara éste– y sin embargo lo hago… por una especie de responsabilidad hacia la tierra”.

El destino trágico de Ana resulta aun más conmovedor en la medida en que en largos pasajes la novela se distrae de ella para centrarse en Levin, un autorretrato bastante fiel del propio Tolstoi (quien señaló que las relaciones sutiles entre ambos relatos paralelos, que en apariencia apenas se tocan, constituía la arquitectura secreta de la novela) y sus preocupaciones sentimentales, familiares, laborales, intelectuales y espirituales. Hacia el final de la novela, Levin atraviesa una crisis existencial análoga a la que llevó a Tolstói a convertirse a la fe ortodoxa, para luego, bajo la influencia de Schopenhauer y Thoreau, adoptar y propugnar una forma propia de cristianismo basada en los evangelios, el ascetismo, el trabajo manual y el pacifismo, que le valió ser excomulgado por la Iglesia Ortodoxa.

Se suele afirmar que a fines de la década de 1870 Tolstói pasó de ser un artista a un moralista. Su conversión también significó el abandono de la novela en favor de narraciones cortas de tono proselitista que, en manos de casi cualquier otro escritor, hubieran resultado insufribles, pero que incluyen obras maestras como “Cuánta tierra necesita un hombre” (que Joyce describió como el mejor cuento jamás escrito), “El Padre Sergio” o “Amo y criado”.

Ana Karenina despliega, entre otras pruebas del virtuosismo de su autor, su capacidad para salir airoso donde otros escritores harían el ridículo, para exhibir logros que desbordan sus propias intenciones. Bajtín perdonó y hasta celebró sus intromisiones opinantes y otras desprolijidades (oscilaciones del punto de vista, por lo demás comprensibles antes de Conrad y Henry James) bajo el paraguas del “dialoguismo”. La caracterización a ratos algo mecánica y bidimensional de los personajes secundarios –menos acusada que en Guerra y Paz, acaso porque en Ana Karenina hay menos personajes secundarios– se ve contrapesada por una asombrosa capacidad de observación sociológica. Las descripciones de acciones físicas –una carrera de caballos, una cacería, la siega de un campo– son deslumbrantes. El mapa secreto de la novela a la que alude Tolstoi está puntuado por momentos de gran intensidad dramática, que luego se ven atenuados por el transcurso del tiempo dentro del relato, dando la impresión de que fuera la misma lectura la que los va diluyendo y modulando.

 

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Artículo publicado originalmente el 15/10/2010

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