Revista Intemperie

La empalagosa filosofía de Muriel Barbery

Por: Pablo Torche
elegancia

Se acaba de publicar en Chile Rapsodia Gourmet la primera novela de Muriel Barbery, autora del best seller La elegancia del erizo. ¿Está esta novela a la altura de su gran éxito? Pablo Torche parece creer que no.

 

Rapsodia Gourmet, el primer libro de la autora del superventas La elegancia del erizo, no fue un éxito tras su publicación y no es difícil comprender por qué. Los franceses han tenido desde siempre una inclinación por la mezcla entre literatura y filosofía, o literatura de las ideas, con puntos altos, como Camus, otros más controvertidos como Sartre y algunos definitivamente insufribles, como Michel Tournier y, ahora, Muriel Barbery, nacida en Casablanca en 1969 y profesora de filosofía,  adscribe a este modelo con confianza acaso excesiva. De esta manera, la novela termina entregándonos un conjunto de reflexiones filosóficas, o seudo-filosóficas, finas algunas, originales otras, pero en su conjunto inevitablemente cansadoras.No es el único sentido en que esta novela es extraordinariamente francesa. Lo es también, por supuesto, en su tema, la historia de un famoso crítico gastronómico que reflexiona al final de su vida acerca de distintos platos y recetas, y del placer casi sensual que le han provocado. Lo es además en la fascinación muy parisina por los grandes edificios como metáforas de la sociedad y, en particular, del clasismo y esnobismo banal de los grupos altos, que aparecerá también brillantemente retratada en La elegancia del erizo.

La estructura para poner sobre el escenario estas dos grandes preocupaciones es atrevida, hasta intrépida: por un lado, el protagonista, Pierre Arthens, rememora momentos claves de su vida a través de distintos platos y sabores y, por otro, a capítulos intercalados, se presenta la visión que tienen de él (en general no muy conmiserativa) distintos familiares, parejas o vecinos, entre los que figura, en un muy fugaz capítulo, la ahora celebérrima portera Renée que da vida a la segunda novela de Barbery.

Poco hay de un argumento o línea dramática discernible a través de esta polifonía vocal y temporal. A lo sumo la sensación acumulativa de que Arthens no es un personaje demasiado querible, sino más bien por el contrario, un tipo egoísta, vano, pomposo. El coro de voces secundarias, por su parte, a los que se les conceden sólo breves apariciones de uno, o a lo más dos capítulos, se diluyen antes de que uno, como lector, haya podido conectarse efectivamente con ellos.

Más allá de las opiniones y recuerdos un poco delicuescentes de los personajes, pronto resulta claro que el verdadero interés de Barbery es el de ofrecer a través de ellos una especie de exploración filosófica, en un intento que –como quedará más claro en su obra siguiente– busca desembocar en una afirmación del sentido de la vida en las cosas simples, una defensa de la vida cotidiana.

Me es indispensable reconocer en este punto, aunque sea sólo como signo de honestidad para aquellos lectores que amaron La elegancia del erizo, que tampoco en aquella novela esta filosofía del tocador me sedujo por completo. Dicho lo anterior, es necesario destacar, no obstante, la capacidad de Barbery para el comentario lúcido, o a veces la crítica mordaz y penetrante. También resulta, sin duda, destacable la capacidad de recorrer el rango más amplio de las sensaciones humanas a través de las papilas gustativas de Arthens, habilidad con que nos pasea por una serie de experiencias organolépticas completamente vívidas para dar cuenta de su búsqueda espiritual. Sobre todo, se aprecia la empatía por darle a cada vida, incluso a las más sencillas, una pathetica y también una épica.

Lo que resulta un poco cansador son las conclusiones tan frecuentes a las que arriban los personajes. A veces puede ser agradable desplazarse por los meandros de la memoria y los sentimientos de alguno, pero lo que resulta un poco más perturbador es ser interrumpido cada tanto con frases del tipo: “La gente piensa que los niños no saben nada. Uno se pregunta si los mayores fueron niños alguna vez” o bien, “Lo mortificante no es separarse de quienes te quieren, sino apartarse de quienes no te quieren” o, por último “Me hubiera gustado vivir una vida sin ayer ni mañana , sin alrededor ni horizonte: el aquí y ahora es algo hermoso, pleno y cerrado.”

No tanto el contenido (que puede ser válido) sino la profusión de estas ideas es lo que vuelve a la novela un poco didáctica, quizás falsa. Algo parecido se respiraba en La elegancia del erizo, pero lo cierto es que mucho más morigerado. En ésta última, los personajes filosofaban, pero también actuaban, les pasaban cosas, lo que los volvía entrañables, y le permitía al lector relacionarse con ellos, asistir a sus pequeños dramas cotidianos, sus vergüenzas, sus batallas, sus fugaces momentos de felicidad o extravío. Nada de esto resulta tan claro en Rapsodia gourmet, donde todo se ve cubierto por un velo especulativo o racionalizador, que se parece mucho al esnobismo que intenta denunciar. Hay menos vida al natural y más teoría, pero sobre todo, menos cotidianidad, que es precisamente lo que la novela intenta relatar.

En resumen, parece que Barbery escribe mejor después de haber llegado a la conclusión de que el sentido de la vida está en los actos simples y cotidianos, y no en la constante interpretación que hace de ellos. Una conclusión que, sin duda, le dio mejores resultados en La elegancia del erizo y que esperamos sea el camino que nos invite a recorrer en sus próximos libros.

 

La elegancia del erizo

Muriel Barbery
Seix Barral

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