Revista Intemperie

¡Lea a Henry Miller!

Por: Kurt Folch
henry miller

 

Hay una teleserie famosa –¿Dónde esta Elisa?– en que un veterano seduce a una adolescente. En la portada del diario salió la foto del momento preciso en que le regala un libro de Henry Miller a la supuesta “nínfula”. Algo similar se encuentra en la película de Scorsese, Después de hora, en cuya primera escena aparece el protagonista leyendo Trópico de Cáncer. Es un sujeto gris y está ad portas de la noche más extraña de su vida. La película no es muy buena y la referencia a Miller vuelve a ser caricaturesca, pero menos tóxica que la del tío cincuentón insinuándose. Mala cosa, porque a pesar de que en muchos (aunque no en todos), los libros de Miller hay sexo, harto sexo, no es el sexo lo más impresionante que en ellos sucede. Y la verdad es que Miller ha marcado a fuego a no pocos, y para muchos de ellos, ha resultado un verdadero salvavidas.

Raúl Ruiz rayaba en las calles de Santiago “Lea a Henry Miller”;  El escritor Alejandro Zambra recuerda el mazazo que fue leer en el liceo, escrito con tiza: “Lo que no está en plena calle es falso, inventado, es decir, literatura.”, exactamente las primeras palabras de Miller en Primavera negra. Ejemplos de algunos tocados hasta la médula por el norteamericano. Habría que tener plomo en los nervios y en la sangre para no reaccionar. Puede, a veces –o con frecuencia–, resultar ofensivo, y está bien, Miller no escribió para sensibilidades delicadas. Fue un individuo que era el que era, sin importar las circunstancias. Norman Mailer, en una bella semblanza, asegura: “su influencia ha sido profunda en la mitad de los escritores norteamericanos vivos […] Tiene una de las mejores personalidades que conocí: hecha de una pieza, tallada, de igual manera que un fino ebanista, un maestro de la caza mayor o un trapecista tienen una personalidad propia y auténtica. Ni vaivenes neuróticos, ni sonrisas estereotipadas, ni envidias, ni nervios de punta. Es ese tipo de sosiego que sugiere una disposición para todo cuanto ocurre.”

Y así fue, tras media vida de locura, amor y pesadilla Henry Miller se transformó en una especie de anciano venerable, de vida retirada en una cabaña. El propio Miller asegura a Lawrence Durrell en una carta: “[…] el hombre que usted vio en Villa Seurat era una suerte de monstruo, porque se hallaba en proceso de transformación”. La transformación, dolorosa y luminosa, está relatada, principalmente en los libros que corresponden a la llamada trilogía de París, Trópico de CáncerTrópico de Capricornio y Primavera negra, y luego la trilogía La crucifixión rosadaSexusNexusPlexus-. En ellos Miller da rienda suelta al monstruo escupiendo bilis negra contra sí mismo, sus innumerables fracasos, Norteamérica, su familia, trabajo, amores y amigos.

Miller fue el hijo mayor de una familia humilde de inmigrantes alemanes. Su padre era  sastre y su madre una dueña de casa puritana. “Mi familia estaba formada por nórdicos puros, es decir, idiotas. Suyas eran todas las ideas equivocadas que se hayan podido exponer en este mundo. Una de ellas era la doctrina de la limpieza, por no hablar de la probidad. Eran penosamente limpios. Pero por dentro apestaban.”, dice en Trópico de Capricornio; y en el relato, ‘El distrito 14’, afirma “Soy un patriota del distrito 14, de Brooklyn, donde me crié. El resto de Estados Unidos no existe para mí más que como idea, historia o literatura. A los diez años fui arrancado de mi tierra natal y llevado a un cementerio luterano, donde las lápidas siempre estaban en orden y las coronas nunca se marchitaban.” De ese mundo escapa en 1930. Pero el suyo será un caso de exilio distinto al de la mayoría de los escritores y artistas norteamericanos, expatriados en Europa.

Quizás el contraste más claro es el que se puede establecer con el caso de Hemingway. París era una fiesta, la novela del Premio Nobel norteamericano sobre sus aventuras en Francia, parece glamour literario, relatos para señoritas, comparado con el ambiente de Trópico de Cáncer, que ya desde su comienzo ofrece una retrato bastante más crudo de la ciudad luz: “Vivo en la Villa Borghese. No hay pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos.[…] El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el Tiempo, sino que la Intemporalidad. Debemos marcar el paso en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar. […] Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar. No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.”

En Trópico de Cáncer se pasa del hambre al machetazo, de los piojos a las putas, de la ternura a la crueldad, de la soledad y el frío más espantosos, a la noche de juerga interminable. Todo de manera rabelesiana, desbordante, con un humor ácido y naturalista que expone en crudo. En medio de la situación más insólita o degradante, Miller se ríe, o llora, sin lógica deducible. Sus decisiones responden a la razón de la necesidad más inmediata, parece vivir en estado de gracia, en el azar, consumido por una actividad constante, febril y no impostada. Escribe poniendo las cosas rápidamente en movimiento. Nada aparece estático, la gente, las impresiones, todo se fusiona: “Moldorf se embriaga con las palabras. No tiene venas, ni arterias, ni corazón, ni riñones. […]Hablemos de su mente. Es un anfiteatro en que el actor ofrece una representación proteica. […] Moldorf, multiforme e infalible, representa sus papeles: payaso, juglar, contorsionista, sacerdote, libertino, saltimbanqui. El anfiteatro es demasiado pequeño. Pone dinamita en él. El público está drogado. El lo hiere. […] Hay otra Tania, una Tania semejante a una enorme semilla que disemina el polen por todas partes… o, digámoslo al modo de Tolstoi, una escena de establo en la que desentierran al feto. […] Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco…” Ya se sabe, Tania era Anaïs Nin. La famosa escritora francesa, enarbolada como héroe por las feministas –enemigas acérrimas de Miller–, era la mejor amiga del Calibán norteamericano que años después le dedicaría Primavera negra.

Miller volvió a Estados Unidos en 1940, justo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, sin gloria ni fortuna. Al poco tiempo fallece su padre; él compra un auto y se dedica a recorrer el país para finalmente instalarse en Big Sur. Vive en una cabaña entre acantilados. Son años productivos, escribe La pesadilla del aire acondicionado –su viaje por Norteamérica–, la mayor parte de La crucifixión rosadaEl coloso de Maroussi –su paso por Grecia–, y Big sur y las naranjas de Hieronymus Bosch. En estos últimos libros ya se trata de un Miller distinto. La violencia amaina a medida que vive de la manera más simple posible, dando la espalda definitivamente al resentimiento.

Poco a poco comenzó a granjearse una reputación. Primero en Europa –Blaise Cendrars, George Orwell, Isaac Singer, Lawrence Durrell, e incluso el propio T.S. Eliot, lo señalaban como uno de los mejores escritores norteamericanos vivos– y luego en su país. A su puerta en Big sur aparecieron en peregrinaje, uno por uno, todos los beatniks. Ya era bastante mayor, casi un anciano (había nacido en 1891) y por primera vez disfrutaba de algo de reconocimiento público y de dinero. Al morir en 1980, sus restos fueron cremados y sus cenizas arrojadas al Pacífico. Cerca de donde estaba su cabaña ahora hay una biblioteca que lleva su nombre y cada año se organiza un festival de las artes.

Leer a Henry Miller es entrar en acción inmediatamente, su escritura es una vacuna contra la idiotez, la pompa y el aburrimiento. Es recomendable leerlo y después, por ejemplo, salir a caminar por el centro de Santiago. Es como estar bajo el efecto de una droga que limpia la mirada, reduce la ansiedad, tonifica los nervios. Por lo mismo es más factible que un nuevo lector de Miller tienda, más que a dejarse seducir –como en la teleserie–, a desconfiar apelando a toda la lucidez que sea capaz. En los libros de Miller el amor, el sexo, la manipulación emocional y física, son un asunto real, no es un espectáculo hollywodense, hay violencia, cansancio, ternura e inconstancia. Se trata de abandonar, de dejar atrás, el romanticismo de la infancia perdida, la adolescencia de los deseos y pasar a hacerse cargo de uno mismo. Y es precisamente esa cualidad lo que asegura larga vida a sus libros, los vuelve una necesidad.

 

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